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El parlamento en Bruselas

Habitualmente suelo hablar del caótico sistema político español, porque es el que me toca de cerca, el que sufro directamente. Pero lo que se ha montado para gobierno de la Unión Europea resulta muy preocupante.

Como he dicho otras veces, la clase política, en el estado de desarrollo de nuestras sociedades, es simplemente un peso muerto que tenemos que arrastrar. En el día a día de la organización de un país sólo entorpecen lo que de forma racional funcionaría bastante bien. Y en los casos extraordinarios, cuando una buena idea o planteamiento ha de solucionar un problema, entonces es cuando verdaderamente brilla su incompetencia y escasez de luces.

En la UE no hace mucho que plantearon una Constitución que había de ser la de todos. Mal planteada o mal explicada, porque cuando empezó a votarse en los países miembros, se rechazó. Pues bien, decía Baltasar Gracián en su “Arte de la prudencia”, que lo peor que se puede hacer cuando se comete un error es taparlo con otro. Nuestros representantes en la UE decidieron que lo mejor era cargarse las siguientes votaciones de la Constitución, y aprobar algo parecido, pero a escondidas, sin contar con nosotros.

Aun así, en Irlanda, donde si han votado el nuevo invento –el Tratado de Lisboa-, han vuelto a decir no. Como siempre, la clase política, tan democráticos ellos –en especial nuestro ganado particular-, nos explican que los irlandeses no se han enterado de lo que votaban, porque si no hubieran votado sí, ya que todo es por su bien.

No sé si es un problema de capacidad, o simplemente jeta, pero no entenderé nunca porque cada vez que los ciudadanos les dicen a los políticos que no están de acuerdo con sus ideas, la respuesta de estos es algo así como, “pobres tontitos, no me han entendido bien”. En lugar de plantearse una opción diferente de la que les han rechazado. Pero esto es mucho pedir.

Como digo, esta incapacidad a aceptar las negativas de los ciudadanos, está llevando a la UE a funcionar cada vez más claramente al margen de los votantes. Y otro caso evidente es el de las enmiendas torpedo de las medidas para regular las telecomunicaciones.

Los eurodiputados saben de sobra que la inmensa mayoría de los ciudadanos no queremos el modelo de derechos de autor que las entidades de gestión pretenden preservar y, si pueden, endurecer. Y por ello, están pasando de nosotros.

Me entero además, de que piden informes que, como no comulgan con las tesis de los lobistas, directamente ignoran. Es decir, las entidades de gestión están negociando con los políticos, para que se haga lo que quieren, sin tener en cuenta nuestra opinión. La “parajoda” es que esos políticos nos representan a nosotros y, por ello, su opinión debería ser la misma que la nuestra.

Pronto vendrán las elecciones al Parlamento Europeo, pronto los veremos de nuevo babear por nuestros votos, contándonos aquello de que defenderán nuestros derechos en Europa. Sabemos que es una enorme mentira, que sólo defenderán a quien tiene dinero fresco para poner encima de la mesa. Mi consejo, mi recomendación, la misma que hago para las elecciones en España, no votar, porque cualquier otra opción les permite decir que estamos de acuerdo con el sistema político que han montado. Un sistema en el que somos simple atrezo.

Sentirse responsable

He leído esta mañana las palabras que el presidente de Francia, Sarkozy, les ha dicho a los soldados franceses en Afganistán, y me han impresionado. Seguro que se puede pensar que son simples palabras, que no implican nada, pero me gusta oír a un presidente decir “Quiero que quede claro: cuando os ocurre algo, yo me siento responsable”.

Evidentemente, estas cosas me pasan, porque en los 30 años que llevamos de democracia en España no he oído esas mismas palabras a ningún presidente español –que alguien me corrija si no es así-. Da igual la gravedad de los hechos, nunca asumirán con claridad la responsabilidad.

No ha sido Sarkozy el que ha puesto las bombas a los soldados franceses, ni el que ha disparado sobre ellos, pero se siente responsable. Como debe ser, que para eso es el presidente de la nación. ¿Cuántas veces hemos oído en España que los únicos responsables son los terroristas? Los terroristas lo son siempre, antes y después de sus acciones, y no se puede esperar de ellos otra cosa que atentados, por eso, oír tras un asesinato que los responsables son ellos, es indigno de quien tiene la capacidad de tomar decisiones.

En nuestro país, en estos 30 años, se ha producido un enorme cambio en la mentalidad de quienes vivimos en el, un paso radical de una dictadura a una democracia, a todos los niveles. Y en los organismos públicos con los que tiene que lidiar el ciudadano habitualmente es más que evidente, desde la policía, hasta los, tantas veces criticados funcionarios, que hoy en día, desde sus ventanillas, son amables y eficaces.

Estos cambios no obedecen sólo a la actitud de las personas, aunque es una parte muy importante, también es debido a que las estructuras del estado han cambiado. Utilizando los dos ejemplos anteriores, la policía no tiene la función represiva que tenía en la dictadura, y los trámites de cualquier asunto con la administración se han simplificado mucho.

Pues bien, sólo hay una parte del estado que ha seguido la famosa regla de Lampedusa: “A veces es necesario que algo cambie para que todo siga igual.”: la clase política, la forma de determinar quienes tomarán las decisiones. Con nuestro sistema político, todos los dirigentes están nombrados a dedo, porque el ciudadano sólo refrenda una decisión tomada en la cúpula de los partidos políticos; todos ellos salen del mismo caldo de cultivo autoritario, los partidos políticos, donde, desde que empiezas, aprendes a acatar su férrea disciplina. Como vemos habitualmente, son los únicos que consideran normal que a quien está en el poder se le pueda “ayudar” a tomar decisiones con un aliciente económico; incluso hay quien se justifica diciendo que el dinero no era para él, sino para el partido.

Como decía al principio, la razón por la que en España es prácticamente imposible oír a un político asumir la responsabilidad, es debido a que su forma de entender el estado y la política tiene un herencia de la que todavía no nos hemos podido desprender. Nada es casualidad

Nuestra triste democracia

Leo a Alfonso Guerra como le reprocha a su compañero de partido, Montilla, por sus posiciones en el tema de la financiación autonómica. Y me da pena. Porque en una democracia real, con un parlamento operativo, el señor Guerra, como otros muchos en su partido, habría votado en contra del invento de la bilateralidad, esa cosa por la que uno es un tipo especial y hay que tratarlo diferente del resto.

En otros países donde la democracia funciona bastante mejor, son normales los votos en contra de decisiones del ejecutivo, aunque pertenezcan al mismo partido. Pero lo que tenemos aquí, cada vez más parecido al antiguo régimen, en cuanto a las esferas de gobierno se refiere –votaciones apañadas antes de realizarse, disciplina férrea en los partidos, propaganda y más propaganda a la población, siempre falsa, etc.-, no permite, ni de casualidad, que un diputado muestre su desacuerdo, o mejor dicho, su acuerdo con los ciudadanos, votando en contra de algo que propone quien gobierna.

El señor Guerra –como Bono, o Ibarra- lleva tiempo diciendo que no le gusta nada como se están llevando el tema de la descentralización en España, pero nunca se ha atrevido a votar en contra en el Congreso. ¿Creé realmente en la democracia? ¿Piensa que la disciplina de partido ha de estar por encima del individuo? –Disciplina que él impuso durante mucho tiempo-. ¿O realmente lo que quiere es un escaño calentito donde jubilarse?

Nuestra triste democracia, donde los debates siempre se hacen fuera del congreso, para evitar sorpresas, sólo atrae a los trileros de la política, a los vendedores de humo, y esto no es un mal divino que tenemos que soportar, es causa de una democracia desmantelada que tiene todos los tics de un sistema autoritario, donde el poder lleva el sentido descendente, en lugar de, como marca nuestra Constitución, desde el pueblo hacia quien gobierna.

Mira para otro lado

Pronto comenzarán las olimpiadas de China, esas que iban a servir para que en el país mejorara el estado de los derechos humanos. A pocos días para que empiece la fiesta de los que no sufren la represión del régimen chino, ya tenemos la certeza de que la vida de los ciudadanos chinos no mejorará por el hecho de que el COI le agraciara con la concesión. Esto no es más que un lavado de cara para el gobierno chino, para que en el resto del mundo veamos que es un país normal, donde no sucede nada malo.

Que los criterios del COI han sido puramente económicos, no me cabe duda. Incluso es posible que hayan llevado un sobresueldo en esta ocasión, porque incluso, pensando un poco en los deportistas, no los meterían en ciudades donde los niveles de contaminación las hacen casi inhabitables. Eso sí, se va a poner un plan contra la contaminación hasta el final de los juegos, después, que se pudran otra vez los que viven allí. Por otro lado, como ya sabemos por múltiples casos, la organización de los Juegos Olímpicos es un negocio ruinoso, por lo que imagino, que la vida será peor para mucha gente en aquel país después del festejo.

Los españoles, curiosamente, vivimos un caso parecido al de los ciudadanos chinos, porque al término de la Guerra Civil del 36, pedimos a la comunidad internacional que no reconociera al dictador, que no legitimara un régimen de opresión, sin libertades, que luego duraría 40 años. Pero los intereses de los países a quienes pedimos ayuda no eran, como tampoco ahora, preservar los derechos humanos, sino que quien estaba en el poder garantizase un mercado donde poder hacer dinero y, más entonces que ahora, que no molestase militarmente.

Ahora hemos oído de todo. Desde, como he dicho antes, que los juegos mejorarían los derechos de los ciudadanos chinos, hasta que los pobres deportistas llevaban 4 años preparándose para el acontecimiento, y era muy duro no dejarles competir. Cualquier disculpa es buena para que los gobernantes chinos no se enfaden, aunque sigan haciéndoles la vida imposible a sus ciudadanos. Estos días, vemos como el único resquicio que tiene el país para la libertad de información, Internet, después de muchas falsas promesas estará limitado, y además, el COI se pone chulo cuando se le mira por su promesa de que habría acceso total.

Pues bien, propongo un boicot a estos juegos, el único que nos dejan a los ciudadanos del mundo: no seguirlos. Que nadie vea las retrasmisiones de las competiciones, que los índices de audiencia sean cero. Es una manera clamorosa de decir a nuestros gobiernos que queremos ayudar a los ciudadanos chinos en su lucha por los derechos humanos. Una forma clara de decirles a esos ciudadanos que no los olvidamos, y que el resto del mundo por esta vez y en solidaridad con ellos, miraremos para otro lado.

Un día triste

Esta mañana, como cada domingo desde hace siete años, he pasado por el quiosco para comprar la revista La Clave. Allí me la guardan, y la persona que lo regenta cuando me ve entrar sabe a lo que voy; así que hoy, al entregarme el ejemplar me ha dicho: “bueno, y esta es la última”. No sabía a qué se refería, no entendía su mensaje, hasta que he visto la portada de la revista: Hasta pronto.

No podía creerlo, no quería. La revista La Clave desaparece. Adiós a la información seria, adiós a la información sin sectarismos, adiós a la reflexión calma, adiós a los distintos puntos de vista sobre un mismo tema, adiós a una forma diferente y escasa de entender el periodismo –la de José Luis Balbín-, y adiós, sobre todo, a Heleno Saña.

A la clase política española le sucedió con La Clave televisiva algo parecido a lo que les pasó a los americanos con la guerra de Vietnam. Los políticos americanos aprendieron que nunca más podían permitir que una guerra se viera en directo, y los de aquí, después de comprobar que un programa de debate sosegado, que ayudaba a reflexionar seriamente sobre los problemas de la sociedad, tenía un éxito rotundo, entendieron que tenían que erradicar cualquier vestigio de información de calidad.

Hoy, la mayor parte de la población se ha acostumbrado a una manera de informar cada vez más cerca de la publicidad, de titulares grandilocuentes que encabezan poco más que una nota de agencia con la carga sectaria adecuada, en resumen, una manera de informar que intenta venderte una idea, en lugar de que, quien recibe la información, elabore las propias.

La educación llevada a cabo durante estos años ha tenido éxito. A muy poca gente le interesa el tipo de periodismo que representaba La Clave. En otros países existe este tipo de revistas, como indica Balbín en su despedida, pero en España no.

Sólo me queda esperar que pase rápido el interludio hasta que Balbín ponga en marcha otro proyecto.

“El público no quiere oír las voces de los gigantes, le basta con los berridos de los enanos”.

La paciencia humana

(…)Lo que la sociología entiende generalmente por integración es, en uno de sus aspectos esenciales, el producto de la capacidad del hombre para interiorizar el número mayor o menor de injusticias, desengaños y reveses que a lo largo de su vida tiene que soportar o presenciar. La biografía del individuo medio se ha compuesto generalmente más de renuncia y sacrificio que de plenitud y gratificación, pero ello no ha impedido que haya cumplido con sus deberes laborales y cívicos y engullido sin apenas rechistar las bellaquerías y el cinismo de los políticos y demás estratos dirigentes o el sectarismo de los medios de comunicación. Es cierto que la indignación y el dolor acumulados en su pecho estallan a veces y se convierten en protesta o insurrección abierta, pero lo corriente no es eso, sino ir tragando quina por dentro o maldiciendo entre dientes a los culpables de sus desdichas. Si no fuera así, la humanidad viviría en estado constante de emergencia. Albert Camus consagró una obra -por cierto admirable- para describir al “homme révolté”, pero con mayor razón hubiera podido escribir otro libro con el título de “homme résigné”, máxime cuando con su lucidez habitual no dejó de consignar que la verdadera pasión del siglo XX era la servidumbre. El instinto más profundo del hombre no es el instinto de rebeldía, como creía románticamente el bueno de Bakunin, sino el instinto de resignación.

(…)El sociólogo Gabriel de Tarde dijo a finales del siglo XIX que la praxis humana se compone de imitación y de lo que él llamaba “sonambulismo”. Esta tesis es perfectamente aplicable al individuo supuestamente emancipado de hoy, encarnación superlativa de lo que Nietzsche llamó “animal de rebaño”; Freud, “animal de horda”, y Ortega, “hombre masa”. Por eso seguimos con el pan y circo y la sociedad del espectáculo, mientras que en otras regiones del planeta un niño muere de hambre cada seis segundos. Lo que en términos filosóficos clásicos se llama “conciencia de sí” es lo que siempre menos ha existido.

(…)Eso explica que en vez de luchar contra quienes le humillan, explotan y abusan de él, dedique sus mejores energías a combatir y asfixiar el ansia de felicidad que siempre le devora y que raramente o sólo a medias puede satisfacer. Y si ha obrado así es porque en su naturaleza habita un hambre incontenible de vida, más fuerte que todos los demás factores de su estructura antropológica. De ahí su infinita paciencia para conformarse con lo que la suerte le ha adjudicado, aunque sea muy poco o casi nada, como ocurre no sólo pero especialmente con los parias de la tierra.

Es esta paciencia de la mayor parte de personas lo que hace posible que la injusticia y el mal se reproduzcan una y otra vez, que unos estén debajo y otros arriba y que la historia de la humanidad no haya sido mejor de lo que hubiera podido y debido ser.

Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 27-3 de Julio de 2008. nº 376.

Civilización incivilizada

Por mucho que el discurso político, mediático y científico hoy predominante siga utilizando el concepto de civilización como sinónimo de evolución y progreso, es difícil cerrar los ojos a los estragos, disfunciones, patologías y aporías de todo género que de manera creciente está generando. Frente al optimismo histórico de los apologetas de la técnica y la máquina, el pensamiento alemán tuvo la lucidez de establecer una diferencia cualitativa entre civilización y cultura, señalando que el desarrollo de aquélla podía conducir muy bien a un nuevo estado de barbarie. Creo que la historia del último siglo le está dando la razón. La civilización sigue sin duda su marcha triunfal a través de los cinco continentes, pero a costa de ir transformándose en una civilización cada vez más incivilizada. Y el primer signo de este proceso involutivo y regresivo es la deshumanización general de las condiciones de vida reinantes y del propio hombre.

Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 20-26 de Junio de 2008. nº 375.

Lar armas siguen descontroladas

Cuando el Gobierno Español aprobó el año pasado la Ley de comercio exterior de material de defensa y doble uso, yo, que había participado en la campaña Armas Bajo Control, no me sentí especialmente feliz. A estas alturas, tengo que ver muy claras las acciones de la clase política, para creerme que no son sólo propaganda.

Pues bien, en el último informe presentado en el Congreso por el Gobierno, se vuelven a dar dos circunstancias realmente preocupantes: la falta de claridad en los datos y el incumplimiento del Código de Conducta de la Unión Europea.

Seguimos vendiendo armas a países con conflictos armados endémicos –gasolina al fuego-, y cuando se informa, como exige la ley, se intenta dar el menor número de explicaciones. Por ejemplo, para la policía de Marruecos vendemos por valor de 87 mil euros, algo con el concepto de “otro material”.

La nueva ley es un tímido avance respecto de lo que había, pero las leyes necesitan detrás la voluntad política de querer cumplirlas, porque si no es así, no valen para nada, y menos en España, que seguro que es, con diferencia, el país Europeo que más leyes tiene que nadie cumple.

La democracia perdida

Los ciudadanos del mundo que tenemos la suerte de vivir en sistemas democráticos, hemos perdido el control sobre estos. Y aunque esto no nos llevará a vivir tan mal como la inmensa mayoría de ciudadanos del mundo que viven bajo regímenes autoritarios –al menos a corto plazo-, sí que nos está llevando a que nuestros derechos, los que aparecen en las constituciones, sean retirados por la vía de nuevas leyes, sin que podamos hacer nada o muy poco. Existen multitud de casos, pero me fijaré en los que últimamente he conocido y que me resultan especialmente vergonzosos.

Empezaré por el penoso Parlamento Europeo y el Tratado de Lisboa, antes llamado Constitución Europea. Cuando Francia dijo no a la Constitución ya vaticiné –era fácil acertar- que harían una segunda votación o las que hicieran falta para que saliese el sí; pero la verdad es que el refinamiento en la mentira de la clase política está llegando a niveles de estudio, de estudio publicitario, digo. Renombraron la Constitución a Tratado de Lisboa, y se quitaron de encima el engorroso trámite de preguntarles y, sobre todo, de explicarles a los ciudadanos que significaría eso en sus vidas –Irlanda ha dicho que no, pero no tengo que descubrirles lo que pasará-. El problema fundamental es que si nuestros parlamentos locales están influidos por las grandes empresas y lobbys, el Parlamento Europeo es como su segunda casa, donde habitualmente “aconsejan” a los elementos que allí viven, lo que deben de hacer.

Pronto nos convocarán a elecciones europeas. Ya saben mi opinión: un rotundo 90% de abstención les dejaría sin argumentos para seguir diciendo que los ciudadanos estamos de acuerdo con sus prácticas. También es cierto, que últimamente he pensado que algo así les llevaría a cambiar la ley, para poder elegir a los miembros del Parlamento Europeo desde los parlamentos locales, y quitarse de en medio las elecciones –que un día nos dirán que son muy caras, y es mejor evitarlas-.

Después de lo que les acabo de contar, lo siguiente no les sorprenderá. Y es que el Parlamento Europeo lleva tiempo estudiando la forma de meterle mano a tanta libertad como hay en Internet. Las disculpas pueden ser de muchos tipos, desde los sempiternos derechos de autor –que en realidad lo son de las sgaes que en el mundo hay-, hasta la persecución de la pederastia u otros delitos que se cometen en Internet; igual que en la calle, y a nadie se le ocurre pinchar los teléfonos de todo el que pasee cerca de un colegio, por si acaso –por ahora-. La razón está clara, como bien dice Juan Varela: es el poder, que genera dinero, y es el control de la libertad, que permite la denuncia del poder.

Por último, un caso menos universal, pero que ejemplifica perfectamente lo que sucede cuando los ciudadanos perdemos el control de la clase improductiva, cuando la clase política no tiene que rendir cuentas a quienes les votan: construyen una burocracia inescrutable e inexorable, donde nos enredamos sin encontrar explicación lógica a lo que nos sucede –como bien recreó Kafka en El Proceso-. Hablo del pueblo de Jánovas, en el Pirineo Aragonés, del que fueron desalojados sus vecinos porque el dictador a medias con Iberduero –ahora Endesa- decidieron construir un pantano. El problema es que el pantano nunca se hizo, y 50 años después les dicen a sus pobladores y herederos –por desgracia, más estos últimos- que ya pueden volver. Pero ojo, la compañía eléctrica les pide que les devuelva lo que les dieron por las casas, actualizado. Es algo así como si a alguien que meten en la cárcel por error, le pidieran el dinero de la manutención de los años que pasó en ella. Y lo más sangrante, es que hace 30 años que en este país hay una democracia. ¿30 años les ha costado a los mamones que viven a nuestra costa decidir que no iban a hacer el pantano? Pues sí, 30 años.

Sé que habrá quien diga que siempre fue así, que los poderes fácticos siempre han hecho lo que han querido, pero aunque así fuera, si tenemos una democracia es para evitar estas cosas, y para permitir que los ciudadanos puedan decidir sobre cómo ha de ser su país, y su mundo.

Dejar nuestras democracias a la deriva, nos llevará, no sólo a que no podamos decidir, en lo que ya estamos, sino a la pérdida paulatina de derechos, y además, con todos los parabienes de la legalidad vigente.

La democracia deliberativa

Habitualmente tomo de los artículos de Heleno Saña una parte que representa la idea que él quiere transmitir, pero el que pongo a continuación, creo que es necesario mantenerlo completo para que se entienda perfectamente, además de que me parece muy bueno. Ahí va.

Uno de los últimos paradigmas teóricos concebidos y puestos en circulación por la vanguardia intelectual del mundo occidental ha sido el de la democracia deliberativa. Su objetivo es el de relegitimar con un nuevo discurso el modelo de poder vigente en el alto capitalismo, cada vez más desprestigiado y más en contradicción con los principios liberales de que todavía presume. Producto típico de la “intelligentsia” académica, los frutos prácticos de esta tentativa renovadora han sido poco más que nulos, a pesar de la resonancia mediática de que ha gozado. La base de la nueva teoría es una mezcla más o menos coherente del pragmatismo estadounidense, de la teoría del lenguaje (Wittgenstein) y de la “acción comunicativa” de Jürgen Habermas. De lo que se trata es de deconstruir la “Bewustseinsphilosophie” o filosofía subjetiva clásica y dar prioridad al individuo como interlocutor intersubjetivo y social, un principio que se halla ya preconfigurado en la tesis hegeliana del reconocimiento recíproco de los sujetos. El objetivo es el de alcanzar, a través del diálogo y la interacción de los agentes sociales, las opciones más aptas para afrontar lo más democrática y óptimamente posible los problemas del hombre y la sociedad.

Todo esto está muy bien intencionado y suena muy progresista, pero parte de la ficción de dar por supuesto que en un sistema fundamentalmente discriminativo y clasista como es el que impera hoy en el mundo existe la posibilidad de deliberar en condiciones de igualdad. El mundo es cada vez menos deliberativo y menos democrático, empezando por la economía, regida no por la supuesta “partnership” entre el capital y el trabajo, sino por el draconiano ‘diktat’ que aquél impone a éste. Pese a los numerosos tratados elaborados entretanto sobre las delicias de la democracia deliberativa, la única verdad es que la inmensa mayoría de la población mundial no tiene la menor posibilidad de hacerse oír y participar en el debate público, y ello no sólo en los países tercermundistas, sino también en las mismas democracias occidentales donde se ha gestado la nueva panacea de “democratizar la democracia”, según la fórmula de Anthony Giddens. La “decision-making” tiene lugar a puerta cerrada en los despachos de los grandes grupos de presión, no en el ágora pública. No es, pues, el fruto de los “mejores argumentos” acordados por cada respectiva comunidad deliberante, sino de algo tan anticomunicativo y tan ultimativo como es el poder. Sócrates se ha quedado solo; de ahí que en torno suyo no haya interlocutores dispuestos a oírle y a seguir sus enseñanzas, sino únicamente una masa amorfa de individuos que pasan de largo sin prestarle la menor atención.

Por lo demás, toda la teoría sobre comunicación y consenso como fuente de la verdad, es menos nueva y original de lo que parecen suponer sus artífices estadounidenses y europeos; en realidad es el lugar común de la “philosophia perennis”, con Platón a la cabeza, que no casualmente expuso su doctrina en forma de diálogos. Entre ambas corrientes de pensamiento existe naturalmente una diferencia fundamental, que es la de que mientras la dialéctica platónica se apoya en la idea del bien como valor absoluto y eterno, la “ética del discurso” de Habermas y sus colegas está bordeando siempre el relativismo moral, ya por el solo hecho de que la verdad no es para ellos una categoría intrínseca, universal y válida para siempre, sino el resultado de la opinión final de cada respectiva comunidad deliberadora. En el fondo lo que preconizan es la hegemonía de la opinión, una actitud que ya Parménides condenaba en su poema pedagógico como el origen del error. Tampoco es difícil detectar la analogía entre la tesis de los “mejores argumentos” y el principio capitalista de la competitividad más eficaz. Por añadidura, la opinión no surge de un verdadero debate plural y democrático, sino que pasa a ser el producto privilegiado de los estratos que dominan los medios de comunicación de masas y la industria de la cultura, estratos a los que pertenecen en primer lugar las mismas élites cultas que han puesto en marcha el discurso deliberativo.

Ese elitismo explica que la teoría de la democracia deliberativa carezca de un modelo social digno de este nombre y sea una sombra pálida de lo que el pensamiento emancipativo ha aportado en este aspecto. Es asimismo una triste caricatura de la Teoría Crítica de Horkheimer, Adorno y Marcuse. En rigor se trata de una variante del conformismo disfrazada de progresismo verbal. Más que una alternativa al sistema burgués-capitalista vigente, lo acepta y asume como un fenómeno irreversible. Sobre el hambre, la miseria y otros dramas humanos no se delibera, sino que se suprimen.

Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 13-19 de Junio de 2008. nº 374.

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