Subscríbete a
Entradas
Comentarios

Iniciativa popular

Desde hace muchos años aspiro a que algún día la forma de gobierno de mi país –y del resto del mundo- sea la Democracia directa, en contraposición con la Democracia representativa. Por eso, ante la iniciativa popular que se ha producido en Cataluña y que ha llevado a la prohibición de las corridas de toros en esa región, tengo sentimientos encontrados.

Por un lado, que una iniciativa popular se haya convertido en Ley es muy gratificante, porque indica claramente, que aún en la precariedad de nuestro sistema político, si nos organizamos podemos conseguir muchas más cosas de lo que creemos. Habitualmente nos decimos que conseguir que llegue al parlamento una propuesta popular es impensable, y tiramos la toalla antes de empezar. Pues bien, en este caso se ha demostrado que es factible.

La otra parte es la clase política, que en este caso ha permitido que la propuesta sea siquiera discutida en el parlamento por motivos espurios. Un comienzo prometedor como es la iniciativa popular, se echa a perder cuando la votación final no la hace la sociedad, todos los ciudadanos catalanes, sino un parlamento que, como digo, vota en función de sus intereses que nada tienen que ver con los de la ciudadanía –esto es cada vez más evidente incluso para los más recalcitrantes-.

Quienes pueblan los parlamentos en España no representan a los ciudadanos, por mucho que nos quieran convencer con buenas palabras y falsedades. Cercano tenemos un claro ejemplo, ¿alguien puede creer que la solución para reducir el gasto público hubiera empezado por la rebaja del 5% de los sueldos si lo hubiera decidido la ciudadanía? Así las cosas, entiendo que quienes presentaron la propuesta estén encantados con el resultado de la votación, pero no podemos decir que eso es lo que desean los catalanes.

El futuro de las Democracias pasa por mejorar estos mecanismos de participación ciudadana. Permitiendo que la propuesta de iniciativas y el apoyo de las mismas sea mucho más sencillo que actualmente –la tecnología lo permite-, lo que propiciará que los apoyos sean mucho más numerosos, cuando los ciudadanos lo consideren oportuno. Y lo más importante, que sean esos mismos ciudadanos quienes voten las propuestas, sin intermediarios que, claramente, han fracasado en su cometido –la crisis económica lo ha mostrado con cruda evidencia-.

Siempre hay quien dice que la población no está preparada para tomar estas decisiones, y mi respuesta siempre es la misma: como a los niños, si queremos que alguien sea responsable hay que darle responsabilidades. Sin duda será un proceso que llevará tiempo, pero si siempre tenemos un estado paternal que decide por nosotros –pobrecitos, no saben-, nunca seremos capaces de decidir.

Vuelvo a recordar aquellas palabras de Fernando Fernán Gómez: Ahora podemos vivir sin brujos, dentro de unos años sabremos hacerlo sin políticos. Amén.

Deconstruyendo España

Hace aproximadamente 30 años que nuestro país empezó una nueva etapa en la que todos teníamos mucha ilusión, esperanzados en que España llegase a ser un país más de Europa. Que formase parte del club de los importantes, de esos con mejor nivel de vida. Era una tarea dura, complicada, pero a ella nos pusimos con más entusiasmo que ideas. Gracias a cantidades ingentes de ayuda económica que vino de Europa, conseguimos mejorar algunas cosas, pero claro, el dinero no lo consigue todo – y no todo se aprovechó bien-, y empezaron a fallar los fundamentos de nuestro recién nacido sistema político, clave en el desarrollo de un país moderno.

Para empezar, por alguna extraña razón, nos creímos expertos conocedores de la Democracia, como si hubiera sido una constante en nuestra historia y, como diría un amigo mío aragonés, los periodos de libertad política han durado lo justo “como para ganar una apuesta”. Un país como el nuestro, que debería haber desarrollado con sumo cuidado un modo de gobernar que desconocíamos absolutamente, se dedicó a aplicar las mismas recetas del franquismo pero, eso sí, utilizando profusamente la palabra Democracia. Así, al ciudadano sólo se le necesitaba para llenar plazas y polideportivos, y pedirle el voto; después, ignorarlo durante los siguientes 4 años. En el parlamento se escenificaban las diferencias, pero en los rincones oscuros de los despachos se acordaban cambios profundos que nos alejaban de las prácticas democráticas, de tal forma, que los ciudadanos íbamos viendo cómo cambiaban las circunstancias políticas, sin saber por qué, ni poder participar en nada.

Y rara vez, cuando algo se lleva mal, termina bien. Lo que al principio producía cierta vergüenza a la clase política, como promesas incumplidas o giros copernicanos, hoy es el pan de cada día, sin ningún rubor; peor, hoy después de hacernos tragar una mentira, nos lo explican, que es el colmo de la desvergüenza. El parlamento es un teatrillo para escenificar operetas que nada tienen que ver con la realidad, porque los acuerdos se hacen, hoy más que nunca, a escondidas. Los parlamentarios, zombis que votan y jalean lo que manda el jefe. Y las instituciones que deben fundamentar una Democracia, desprestigiadas y utilizadas como arma política.

Las autonomías, máquinas de gastar sin control, que continúan, en conexión directa con el antiguo régimen, la tradición del enchufe al familiar o al amigo. Toda competencia que han adquirido, ha empeorado en el servicio al ciudadano y para los profesionales que trabajan en esas administraciones, sin contar lo que nos espera, porque ahora están literalmente quebradas. Bueno, puede que nos digan que no lo están, pero será porque se queden con el dinero de los ayuntamientos, con lo que estarán en quiebra ellos.

Y al final, lo que nos interesaba cuando empezamos este camino, que las condiciones de vida de los españoles se asemejasen a las de los países europeos que queríamos imitar, un sueño todavía lejano. Ni el gasto social, ni las condiciones laborales, ni la vivienda, ni el sistema político, ni…

Parece que la clase política ha aplicado las nuevas técnicas culinarias, deconstruyendo España, en algo que nos recuerda lo que fue –o quiso ser-, pero que nos deja con mal gesto: en una esquinita del plato una crema de parlamento con reducción de constitucional; ocupando el centro, milhojas de nacionalidades con mousse clientelista en dos texturas; y en la otra esquinita, espuma de anhelos y resignación roja y gualda.

Mala conciencia

Hay un fenómeno que se produce cada vez con más frecuencia entre nuestra clase política y que me resulta vergonzoso: las declaraciones que realizan después de dejar un cargo, contrarias a lo que decían cuando estaban en el. Muestran dos problemas muy graves que confirman mi teoría de que en España uno se dedica a la política por interés personal y no público: por un lado, la dictadura de los partidos políticos, que no permiten la mínima discrepancia -desde aquél “el que se mueva no sale en la foto” de Guerra-; por otro, la impostura de permanecer en el cargo aún sabiendo que no podrán realizar su trabajo.

El ejercicio de la política no puede tomarse como un empleo normal. Al cargo político hay que llegar con ideas para solucionar los problemas, y si no puedes ponerlas en práctica, porque tu jefe no te deja –también cargo político-, te vuelves a tu anterior empleo –si lo has tenido, claro-.

Como sabemos, la clase política llega al cargo con una idea completamente distinta, motivada, sin duda, por los privilegios que obtienen en el desempeño del mismo. Así sucede que al dejar el puesto, nos empiezan a “informar” del completo desastre que son los partidos políticos, de que no le dejaron hacer lo que él quería, e incluso, como dijo recientemente César Antonio Molina, que la clase política tiende a buscar un “político profesional sin formación, sin experiencia, acomplejado”. Por si había dudas.

En la misma entrevista, el señor Molina da la clave del enorme problema político que tiene España que, evidentemente, afecta a nuestra vida cotidiana –como estamos comprobando en esta crisis-: “No pueden protagonizar la política personas que no han hecho otra cosa en la vida más que dedicarse a ella, vivir de ella y estar aterrorizados porque no saben de dónde vienen ni a dónde van”.

Me gustaría hacerle, eso sí, una pequeña matización, y es que sí saben dónde van, ya que al pasar por un cargo, el partido le asegura colocación, si no de por vida, por muchos años. Y otra cosa, dice que el presidente le destituye por “la paridad y el glamour”. No, señor Molina, esa es una visión un tanto benévola del presidente: nombra a González-Sinde para que ponga en marcha la ley que le encargaron las sociedades de gestión de derechos de autor. Y está empeñado en seguir en el cargo, entre otras razones, porque tiene que sacar adelante esa modificación del código actual –para que puedan cerrar una web sin pasar por un juez-. Lo que sucede es que está incluida en la Ley de Economía Sostenible, que ya se ha quedado muy antigua, y primero tiene que rehacer esta Ley para llevarla adelante.

Si quienes entran en política tuvieran el menor sentido de estado, si pensaran en el bien general, una de dos, o denunciarían lo que está mal cuando ejercen sus funciones con el fin de cambiarlo –como lo hizo hace años Alonso Puerta, en el único caso que se ha dado-, o se irían del cargo. Lo demás son justificaciones tardías por la mala conciencia.

Triste España

Vuelta a empezar. Años de esfuerzo tirados por la borda. Una vez más hemos desperdiciado los años de prosperidad y tendremos que empezar de nuevo. Una vez más repetimos la historia.

En los tiempos de bonanza, gastos suntuosos, obras faraónicas y nula preocupación por asentar las bases para el futuro de nuestro país. En los últimos diez o doce años, los gobiernos que hemos tenido, en lugar de preocuparse por los grandes temas que afectan al futuro de una nación –la educación, la organización territorial, los servicios sanitarios, etc.-, se han dedicado a malgastar el dinero que recaudaba a espuertas la Hacienda Pública. Escuché ayer una anécdota que sucedió en la visita del Secretario de Transportes americano para ver el AVE español. Parece ser que después de ver la estación de Zaragoza, también lo llevaron a ver la T4 del aeropuerto de Barajas, y el señor Ray LaHood, que así se llama este buen hombre –por cierto, del partido Republicano-, dijo al ver la nueva terminal, “ustedes los europeos tienen mucho dinero, en EE.UU. no podríamos pagar una obra así”. Claro, la diferencia es hacer las obras públicas pensando en su amortización, en su rentabilidad, pensando que el dinero es del contribuyente, no de los políticos. Pues bien, ahora, como en el cuento de los Tres cerditos, cuando ha venido un viento fuerte, todo se ha desmoronado.

No me cansaré de recordarlo, podemos pensar que es el destino aciago de nuestro país, podemos resignarnos a estos ciclos nefastos, pero somos nosotros, los ciudadanos, los que tenemos que cambiar nuestra historia. Ninguno de los dos grandes partidos lo va a hacer, lo hemos visto demasiadas veces, están en la guerra permanente por el poder, en la que sólo importan las apariencias. Hace mucho tiempo que han entrado en una espiral nefanda de la que no pueden salir: necesitan dinero para mantenerse, que consiguen mientras están en el poder, y para conseguir el poder aumentan el aparato del partido, que, a su vez, requiere más y más recursos.

Debemos propiciar un cambio radical, un gran cambio que mande a la oposición a los dos grandes partidos –PP y PSOE-, para que tengan que replantearse su concepción de la política.

Ahora llegan los tiempos duros, en los que nosotros, la gente de a pie, tendremos que sacar el país adelante. No ellos, que se apuntarán el mérito: el esfuerzo y el trabajo lo ponemos nosotros, los ciudadanos; y somos nosotros los que crearemos la riqueza que el país necesita para pagar las deudas que ellos han contraído.

No cometamos el terrible error de darles de nuevo el poder. Dejemos de quejarnos por las esquinas, como viejas chismosas, y vayamos a las urnas –cuando nos dejen- para sacar del poder a quienes nos han llevado a esta situación, a los dos partidos que son el cáncer de nuestro sistema político.

Ni un segundo más

España está viviendo uno de los peores momentos de su historia reciente. A la crisis de nuestro sistema político, que poco a poco se aleja cada vez más de los fundamentos de una Democracia, se ha unido una crisis económica que nos empobrecerá individualmente y como país.

Ambas están íntimamente relacionadas, porque el duro ajuste que sufriremos económicamente se debe, en gran medida, a que nuestra clase política hace tiempo que se preocupa más de sus asuntos, que de la buena marcha del país. Sucede que en tiempos de bonanza económica no queremos ocuparnos de la política, creyendo inocentemente que las “cosas de los políticos” no nos afectan –y que son inevitables-. Pero claro que nos afectan, y cuando vienen mal dadas, las consecuencias de su inoperancia la pagamos los ciudadanos.

Y en esta ocasión, lo vamos a pagar muy caro. Por un lado, en las rebajas de sueldo a los funcionarios, las pensiones, ley de dependencia y las obras públicas que se pararán –podría continuar la lista con la investigación, o el copago sanitario, que llegará, y otros sectores que sufrirán parón, pero no aburriré-. Por otro, los impuestos que, lo cuenten como lo cuenten, nos los subirán a todos los ciudadanos, empezando por el IVA en julio.

Pero en el terreno político tenemos un reto muy importante que debemos afrontar. Un hecho al que los dos grandes partidos –PSOE y PP- están atentos: qué sucederá con el gobierno de Zapatero.

No es admisible que un presidente que lleva más de dos años diciéndonos que no hay problema con el déficit público, que lo tiene todo controlado, de pronto, de la noche a la mañana, nos venga a contar que estamos arruinados y que tenemos que rascarnos el bolsillo. Independientemente de que las medidas sean necesarias y la única opción –cosa que dudo-, no puede contarnos esto como si fuera alguien que acaba de llegar al poder: lleva seis años de presidente. Si tuviera la más mínima vergüenza, antes de decidir las medidas que ha anunciado, hubiera dimitido y convocado elecciones. Pero eso no le podemos pedir a nuestra clase política a estas alturas.

Como digo, ambos partidos está atentos a este momento político, porque si el gobierno sigue en el poder como si no fueran responsables -o  corresponsables, si se prefiere- de los ajustes que los ciudadanos tenemos que sufrir, sabrán que hemos tirado la toalla, que nos hemos rendido definitivamente y no estamos dispuestos a luchar por un sistema político democrático, donde la clase política pague sus errores con la dimisión. Sabrán que a los españoles se les puede hacer lo que se quiera, sin consecuencias.

Ni un segundo más debe permanecer este gobierno en el poder. Ni un segundo más por incompetente o por mentiroso –que elijan lo que quieran-. Lo contrario significará alejarnos aun más de ser un país moderno y responsable, de la Europa esencial.

Insaciable codicia

A pesar de la situación penosa en la que se encuentra el país, la clase política no deja de horadar el sistema político y administrativo, para convertir todo en apéndices de su poder. No me refiero al Constitucional, que está en todos los medios, sino a asuntos que apenas se les da importancia, más sutiles, pero que hieren mortalmente la posibilidad de que los ciudadanos tengamos a la administración de nuestra parte –como debiera de ser-.

El gobierno ha aprobado un nuevo Catálogo de puestos de Trabajo, por el que los puestos de libre designación –a dedo, para entendernos- en la Policía Nacional son ahora todos los comisarios principales, los comisarios y los inspectores jefe. Aterrador.

Estamos caminando hacia una policía donde el mérito profesional ya no cuenta en los ascensos, si no que lo importante es llevarse bien con el Ministro y su camarilla. Esto, evidentemente, propiciará desmotivación y falta de interés en hacer las cosas bien; para qué, si van a valorar más al pelota que al competente. Alguien dirá, probablemente con razón, que es coherente con el sistema educativo, donde el esfuerzo y la capacidad del alumno importan poco –por cierto, he descubierto un caso que demuestra que el límite del deterioro está lejos todavía-.

Pero a mí juicio, esto es mucho más peligroso que la simple estulticia de quienes nos gobiernan. En alguna ocasión ya comenté que el anterior Ministro de Justicia pretendía que los jueces pudieran ser nombrados por “meritos” –a dedo, de nuevo- y no sólo por oposición. La idea es la misma que lo que han hecho con la policía: controlar todo el mecanismo de lucha contra el delito. ¿Por qué? Porque hay mucha corrupción –y sólo descubrimos una mínima parte-. Si los comisarios son nombrados a dedo y los jueces también, ¿cómo descubriremos los casos de corrupción? Cuando alguien presente una denuncia, se tirará directamente a la basura.

Además, la experiencia de los últimos años indica, que cuando cambie el gobierno, los que tomen el poder no desharán nada de lo destrozado ahora –como pasó en los años de Aznar- y seguirá todo igual, o peor. Poco queda de lo que se construyó en la Transición que, por cierto, durante muchos años se llevó por el mundo como ejemplo del buen hacer, y ahora no le gusta a los mismos que la paseaban.

Malos tiempos para los españoles, que sufrimos a partes iguales la incompetencia de quienes nos gobiernan, y su insaciable codicia.

Lo que quieres ver

Genial la definición que hizo de Obama un periodista americano, cuando todavía era senador en Illinois:

“Es como el test de Rorschach, ves en él lo que quieres ver”.

Y tanto, les sucedió incluso a los suecos.

Una propuesta desechada

Leo con tristeza el relato que Rosa Díez hace de su propuesta de cambio de la Ley Electoral, al comprobar, una vez más, como los dos partidos mayoritarios viven felices en el bipartidismo, en el funesto atado y bien atado. Cuanto más escenifican sus diferencias, más claro resulta que ambos aspiran a lo mismo: conseguir el poder, con sus privilegios y sus pingües beneficios.

Que el Consejo de Estado advierta que “existen desigualdades en la distribución y atribución de escaños”, o que el sistema actual produce “primas que obtienen los partidos más votados y penalizaciones que sufren los menos votados, especialmente cuando estos últimos cuentan con un electorado disperso”, es algo más que la propuesta de un partido. Las pocas instituciones que todavía intentar velar por la mejora de nuestro sistema político, son ignoradas; y no se atreven a dar mucha guerra, porque las harán desaparecer.

Como tantas veces he comentado, poco podemos esperar de estos partidos que se benefician del estado de las cosas. La penosa situación que vive España, es debida a la imprevisión y la incapacidad de quienes han gobernado el país en los últimos 10 o 15 años. Y somos los ciudadanos los que pagaremos los platos rotos.

Pronto va a comenzar el chorreo de elecciones; podemos seguir aplicando el “más vale malo conocido”, o mandar a su casa a quienes se han aprovechado de nosotros durante muchos años y ahora no sufren las consecuencias de la crisis.

Con las narices tapadas

Por desgracia, nuestro gobierno sigue haciendo uso de la famosa sentencia de Groucho Marx “Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros”. Nos hemos acostumbrado y nos va pareciendo normal; también, que afirmen tajantemente algo para cambiarlo unos días más tarde. Lo peor de esta descomposición, es que se produce cuando más necesitamos un gobierno seguro.

Leo en Periodismohumano, que España vende armas a países poco recomendables, a pesar de la ley de 2007. Cuando se aprobó, ya escribí que no me fiaba un pelo, porque en un sistema político como el nuestro todo ha de quedar bien sujeto por las leyes, ya que si se le deja a la clase política un margen de maniobra, la ley será papel mojado, puras apariencias.

Así parece que está sucediendo, y temo que este año será peor porque, con la crisis, el de armamento es de los mercados que no sufrirá demasiado y será una forma de compensar la pérdida en otros.

Hay un refrán muy famoso que, como casi todos, suele acertar plenamente: “dime de lo que presumes, y te diré de lo que careces”. Nuestra clase política pasa los días presumiendo de lo que cuidan la Libertad, la Democracia y los Derechos Humanos. Y nuestro gobierno es el campeón.

Ejemplares

Siempre he mantenido que nuestra clase política sólo mira por sus intereses, no por los nuestros. Simplemente, hay ocasiones en que, para mantenerse en el poder, les conviene tomar decisiones que benefician también a los ciudadanos. Esto, que puede parecer exagerado, se comprueba fácilmente en las múltiples ocasiones en que tienen que elegir entre sus intereses y los nuestros. No dudan un segundo.

Leía hace unos días que Emilio Pérez Touriño deja su escaño y se vuelve a la Universidad; bueno, y a un puestito en el Consejo Consultivo Gallego. Esta es una de las desvergüenzas más grandes de estos personajes que se dicen servidores públicos –esta vez es Touriño, pero ha ocurrido en otras ocasiones-.

Por si alguien tiene dudas, este señor se presentó en las elecciones para representar a los ciudadanos en el parlamento Gallego por cuatro años. No se presentaba a presidente; no se puede. Piden el voto para ser parlamentarios, y con una cara dura impresionante, dicen que para defender nuestros intereses.

Como digo, es uno de los casos donde más claramente se les ve el plumero: si no pueden tener lo que quieren –en este caso ser presidente-, se van. Toda la palabrería sobre el servicio público se esfuma en un momento.

Hay que decir que Touriño ha aguantado un año –que no es poco para esta ralea-, porque hay muchos otros casos donde la deserción se produce al día siguiente. El año pasado fueron varios ministros del actual gobierno, que al quitarlos del cargo, ya no jugaban. Y se van, en muchos casos, a ocupar cargos en empresas privadas donde tendrán que negociar con sus antiguos compañeros. No hay duda, se desviven por los ciudadanos.

Vidas ejemplares. Ejemplos esclarecedores de lo que hemos de erradicar.

Next »