Iniciativa popular
15 Agosto 2010, escrito por ipit
Desde hace muchos años aspiro a que algún día la forma de gobierno de mi país –y del resto del mundo- sea la Democracia directa, en contraposición con la Democracia representativa. Por eso, ante la iniciativa popular que se ha producido en Cataluña y que ha llevado a la prohibición de las corridas de toros en esa región, tengo sentimientos encontrados.
Por un lado, que una iniciativa popular se haya convertido en Ley es muy gratificante, porque indica claramente, que aún en la precariedad de nuestro sistema político, si nos organizamos podemos conseguir muchas más cosas de lo que creemos. Habitualmente nos decimos que conseguir que llegue al parlamento una propuesta popular es impensable, y tiramos la toalla antes de empezar. Pues bien, en este caso se ha demostrado que es factible.
La otra parte es la clase política, que en este caso ha permitido que la propuesta sea siquiera discutida en el parlamento por motivos espurios. Un comienzo prometedor como es la iniciativa popular, se echa a perder cuando la votación final no la hace la sociedad, todos los ciudadanos catalanes, sino un parlamento que, como digo, vota en función de sus intereses que nada tienen que ver con los de la ciudadanía –esto es cada vez más evidente incluso para los más recalcitrantes-.
Quienes pueblan los parlamentos en España no representan a los ciudadanos, por mucho que nos quieran convencer con buenas palabras y falsedades. Cercano tenemos un claro ejemplo, ¿alguien puede creer que la solución para reducir el gasto público hubiera empezado por la rebaja del 5% de los sueldos si lo hubiera decidido la ciudadanía? Así las cosas, entiendo que quienes presentaron la propuesta estén encantados con el resultado de la votación, pero no podemos decir que eso es lo que desean los catalanes.
El futuro de las Democracias pasa por mejorar estos mecanismos de participación ciudadana. Permitiendo que la propuesta de iniciativas y el apoyo de las mismas sea mucho más sencillo que actualmente –la tecnología lo permite-, lo que propiciará que los apoyos sean mucho más numerosos, cuando los ciudadanos lo consideren oportuno. Y lo más importante, que sean esos mismos ciudadanos quienes voten las propuestas, sin intermediarios que, claramente, han fracasado en su cometido –la crisis económica lo ha mostrado con cruda evidencia-.
Siempre hay quien dice que la población no está preparada para tomar estas decisiones, y mi respuesta siempre es la misma: como a los niños, si queremos que alguien sea responsable hay que darle responsabilidades. Sin duda será un proceso que llevará tiempo, pero si siempre tenemos un estado paternal que decide por nosotros –pobrecitos, no saben-, nunca seremos capaces de decidir.
Vuelvo a recordar aquellas palabras de Fernando Fernán Gómez: Ahora podemos vivir sin brujos, dentro de unos años sabremos hacerlo sin políticos. Amén.






