Subscríbete a
Entradas
Comentarios

Justicia

Una de las tres patas de una democracia es el poder judicial, junto con el legislativo y el ejecutivo. Si la justicia no funciona, las leyes se convierten en papel mojado. En España, estamos acostumbrados a que las distintas administraciones se dediquen a sancionar sin pasar por un juez que dictamine la culpabilidad. Pero es que si tuvieran que pasar por un juez –como debiera ser-, no habría multas, porque los juzgados no podrían con el trabajo.

Esta disfunción de nuestro sistema, que una administración pueda culparnos de un delito sin pasar por un juez, como tantas otras de nuestro sistema político no le preocupa a nadie. Pero ahora sí que ha saltado la alarma cuando conocemos que los juzgados de nuestro país están colapsados, cuando los casos se acumulan por tiempo indefinido (el ministro dice que es exagerado decir colapsados; en fin, cuando acabe la etapa Zapatero podremos hacer un magnífico diccionario del eufemismo).

Cualquiera que haya tenido la desgracia de tener que esperar una sentencia sobre cualquier asunto, ya sabía esto; uno o dos añitos caen como nada. Así, evitamos como sea cualquier clase de litigio, y a nadie se le ocurriría, por ejemplo, denunciar a una administración que no cumple la ley –en temas de vivienda tenemos montones-.

Yo, que no creo en la casualidad, pienso que el deterioro paulatino que ha sufrido la justicia desde hace 30 años se debe a que a nuestra clase política no le interesa lo más mínimo que tengamos una justicia que funcione. Por un lado, como he oído estos días, porque el porcentaje de población al que le afecta ese mal funcionamiento, es pequeño –a quien afecta directamente-, y por tanto no molesta electoralmente, y por otra parte, como decía, porque una justicia ágil les traería problemas, cada vez que se saltan las leyes que ellos mismos promulgan.

Pero este es otro caso donde los ciudadanos creen que algo no les afecta sino les atañe directamente, es decir, sino tienen que pasar por un juzgado, y este es un gravísimo error, para cualquier tipo de disfunción en los distintos estamentos del estado, y más en la justicia. Desde la forma en que se legisla, sabiendo que el Constitucional está atado y bien atado, hasta como se comportará un policía, si no espera que el detenido sea juzgado a corto plazo, prácticamente todos los organismos del estado y la sociedad civil se ven afectados por una justicia ineficiente. ¿Qué comportamiento tendrá –y tiene- una empresa que contamina el medio ambiente, si sabe que entre juicios y recursos, pueden pasar años hasta que se le condene?

Por desgracia, nos estamos acostumbrando a que una democracia deficiente en casi todos los aspectos importantes, parezca algo normal. La justicia es uno de los más importantes, tanto en sus más altos niveles –Tribunal Constitucional-, como en los juzgados de guardia. Y, como he dicho otras veces, cuanto más tiempo dejemos pasar, mucho más difícil será tener unas instituciones que funcionen debidamente.

Cuidar el idioma

Las nuevas tecnologías han supuesto un golpe bajo para el idioma español, porque la gran mayoría de las palabras que se utilizan en ese contexto, o son directamente palabras del inglés, o malas traducciones de palabras inglesas –traducciones literales, en lugar de palabras que expresen la misma idea-.

Además, con los teléfonos móviles y otros sistemas de mensajería, se tiende a ahorrar en letras cuando se escribe, por lo que la gente se acostumbra a escribir mal algunas palabras (“nviam correo.asta prnto”), que luego escriben mal siempre y no sólo en esos medios.

Pues a esto se suma el pésimo uso de nuestro idioma que algunos servicios hacen para los lectores en español, como sucede con las noticias de Google, que están divididas en secciones, una de las cuales es Espectáculos, y no son espectáculos precisamente lo que incluye.

Un grande como Google debería cuidar estos detalles, y nosotros, a pesar de que en estos tiempos siempre tenemos prisa, deberíamos hacer un esfuerzo por cuidar nuestro idioma, respetando sus normas.

Democracia oligárquica

La democracia se sostiene hoy no por sus atributos y balances positivos, sino por factores negativos como la resignación, el escepticismo, la indiferencia o la ignorancia. Eso explica que su signo distintivo sea la inercia, la esterilidad y la estática, no la dinámica creadora y la fecundidad. De ahí que no haya renovación, sino únicamente reiteración. Ésta es también la razón de que sigan sin solucionar problemas tan viejos pero tan candentes como la pobreza, el desempleo, la precariedad laboral, la injusticia distributiva o la corrupción. Que estos escándalos sociales y morales sigan formando parte de los Estados democráticos y se consideren incluso como inevitables y casi normales, demuestra no sólo el cinismo de los gobernantes sino también el grado de despolitización a que ha llegado la sociedad de consumo. El pueblo soberano tiene más que sobrados motivos para arrojar del poder a la mayoría de sus actuales detentadores, si se abstiene de hacerlo es porque ha perdido el sentido crítico y la capacidad combativa que tuvo en épocas menos conformistas que la nuestra. La pasión de servidumbre que Albert Camus adjudicaba al siglo XX forma también parte de la primera década del siglo XXI, con la perspectiva nada halagüeña de que probablemente irá en aumento. La alienación tiene muchas caras, y una de ellas es la pérdida de la conciencia de los propios derechos. En su ensayo “The Soul of Man under Socialism”, Oscar Wilde afirmaba “Allí donde hay un hombre que ejerce autoridad, hay también un hombre que le ofrece resistencia”. Si el gran escritor inglés viviera entre nosotros, se hubiera abstenido de opinar así.

Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 4-10 de Abril de 2008. nº 364.

La agonía liberal

En todo caso, el perfeccionamiento de la técnica está conduciendo a un perfeccionamiento de las técnicas de control: vídeovigilancia, escuchas telefónicas, introducción de medidas biométricas en los aeropuertos, fisgoneo en nuestros ordenadores y acumulación y transmisión creciente de datos sobre nuestra identidad personal. La misma sociedad que sigue ufanándose de ser una sociedad “permisiva” y “abierta” y se autotitula “Estado de derecho”, se está convirtiendo en una sociedad en la que los derechos de la persona cuentan cada vez menos, empezando por el derecho a la libertad y la intimidad. Quienes tienen la última palabra son los órganos policíacos y sus innumerables ficheros, “dossieres” y bancos de datos. Por lo que respecta a Europa, no tenemos sólo un Estado nacional cada vez más ordenancista e hiperburocratizado, sino que encima estamos sometidos a la tutela del super-Estado surgido en Bruselas, de manera que lo que aquél deja de ordenarnos, nos lo prescribe ahora la tecnocracia anónima de la Unión Europea, versión guiñolesca de lo que tendría que ser una Europa democrática y transparente. Tenemos, pues, que servir a dos amos, uno tan insoportable, estéril y arrogante como el otro, sin hablar ya de su índole parasitaria.

(…)El fin del Estado ya no es, como creían Platón, Aristóteles y sus sucesores modernos, el de velar por la felicidad de los ciudadanos, sino el de tenerlos continuamente en vilo con toda clase de órdenes, prohibiciones, advertencias, sanciones y amenazas. He ahí el resultado final de la manía persecutoria que, surgida en los Estados Unidos, se ha convertido entretanto en un fenómeno generalizado; de ahí que el “mi ser es miedo” de Kafka sea hoy un estado de ánimo común a mucha gente.

Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 21-27 de Marzo de 2008. nº 362.

Cartografía

Anunciar sus nuevos discos, es una tradición que no pienso perder. José Ignacio Lapido, para mí, el mejor compositor de rock de este país, ha sacado un nuevo disco: Cartografía. Con canciones algo más reposadas que en otros discos, pero geniales como siempre.

Si pueden, disfrútenlo. Gracias José Ignacio -y acércate a Asturias-.

Buenas costumbres

Como me recuerda Mala prensa en su comentario, entre las muchas cosas que podríamos copiar de la democracia americana, a la que habitualmente se desprecia por estos lares -como si fuéramos los más indicados para dar lecciones-, es la obligación que tienen el estado de poner a disposición pública los documentos oficiales, pasado un tiempo determinado.

Es una gran costumbre para aprender de lo que se hizo en el pasado, aunque, evidentemente, no sirva para el momento en que los hechos se producen. Y también evita tergiversaciones en los hechos de la historia.

Sucede, que aunque es bueno saber que en otras partes del mundo estas cosas son normales, me da la risa floja en pensar en algo parecido en España.

Todavía recuerdo como Antonio Herrero abría sus noticiarios con la frase que Trillo había dicho, antes de ganar las elecciones Aznar, sobre los papeles de las actividades del CESIC: “Se nos caería la cara de vergüenza si no facilitáramos los documentos”. Por supuesto, nunca supimos nada más de esos papeles –y a Trillo no se le cayó nada-.

Un nuevo sistema electoral

Hace un tiempo recibí un mensaje de un grupo de ciudadanos que apoyan un manifiesto por la reforma de la actual ley electoral. Y me gustaría comentar el tema, porque siempre he mantenido que el sistema político que tenemos en España no es una democracia, sino un régimen de libertades, donde los ciudadanos prácticamente no pintamos nada.

La propuesta que se hace en el manifiesto, se refiere principalmente a la modificación del sistema proporcional, para que los votos de los ciudadanos tengan el mismo valor en todas las regiones. Esta modificación permitiría que partidos que ahora son minoritarios tuvieran más peso y, por tanto, que las personas que les votan, se sintieran representados, pero no creo que sea la solución para conseguir que en España tengamos una democracia representativa real.

De todas las propuestas que he leído, creo que la más interesante es la que expone el profesor Fernando Prieto. En ella se condensa lo mejor de los sistemas democráticos, y se plantean las correcciones sobre los defectos que tienen –defectos para él y para mí-.

De lo que estamos hablando es de un sistema electoral donde los ciudadanos elijamos representantes, con todo el significado de esa palabra, es decir, alguien a quien podamos pedirle cuentas, saber lo que hace, alguien con nombre y apellidos a quien contarle los problemas que tenemos y pedirle soluciones –o incluso dárselas-. Una persona que para salir elegida deberá tener nuestra confianza, y no la del jefe del partido.

De una democracia así está más cerca el sistema inglés, por ejemplo, y está a años luz España. Pero aún así, en el sistema inglés, como bien indica don Fernando –no dejéis de leer su propuesta-, con un representante por distrito, hay muchas personas que se quedan sin representación, por lo que propone su mejora permitiendo más de un escaño por distrito. Así, tendríamos una representación muy fiel de la realidad social en las cámaras.

Termino con la idea de que una reforma como la que proponen en el manifiesto, sería un paso hacia adelante para conseguir cambios más importantes. Pero que cualquier cambio necesitará una de dos situaciones: o un acuerdo de los dos grupos mayoritarios –poca fe tengo en ello-, o una petición mayoritaria de los ciudadanos de este país.

la mejor política de vivienda es la que crea el marco para que la diferencia entre salario y precio de la vivienda (tanto en compra como en alquiler) sea razonable y estable al margen de las tensiones especulativas y de los ciclos económicos.”

Esto, que parece razonable, es lo que pide la Plataforma Por Una Vivienda Digna. Para conseguirlo, el gobierno ha de tomar medidas que le resultan incómodas. Además, el relator de la ONU, afea la conducta al amigo de las civilizaciones, que parece menos amigo de sus gobernados –bueno, sólo de los de cuenta con poca cifra-.

Lean este artículo del boletín de PVD, y asómbrense –si todavía pueden- de la máquina de propaganda que es un partido político. Como decía aquel, “ni una mala palabra ni una buena acción”.

En torno al relativismo

Desde hace algún tiempo, las tribunas mediáticas y las plataformas políticas dedican un gran espacio al tema del relativismo, sea en sentido afirmativo o negativo, según su filiación ideológica. Y como es proverbial en nuestra incultura dialógica, las posiciones de cada respectivo bando no pueden ser más tajantes: los defensores del relativismo tachan de dogmáticos, fundamentalistas, cavernícolas y enemigos del progreso y la libertad a quienes les atacan, a lo que éstos responden acusando a sus detractores de carecer de principios tanto religiosos como morales. Lo primero que personalmente me llama la atención es el bajo nivel de la polémica, así como su burda instrumentalización como arma política, de manera que lo que en sus raíces es un problema filosófico – como todas las grandes cuestiones – degenera en pugna mitinera de tres al cuarto.

Si quisiéramos buscar un precursor del relativismo lo podríamos encontrar en Heráclito y su tesis del ‘todo fluye’. O también podríamos recordar a Protágoras y demás sofistas, que rechazaban las verdades objetivas para admitir únicamente como válidas las que convenían a cada sujeto particular. No menos patente es el parentesco entre el relativismo y el escepticismo de Pirrón y sus discípulos. Pero todo esto queda muy lejos y no tiene mucho que ver con el relativismo postulado hoy por determinadas corrientes de pensamiento. Los partidarios del relativismo actual se consideran a sí mismos como hijos legítimos y predilectos de la libertad y la autodeterminación y, por ello, como herederos del liberalismo. Pero esa presunta herencia es más que dudosa, pues si es cierto que el liberalismo postulaba la libertad individual frente a todo tipo de coacción, no lo es menos que esta defensa de la libertad iba unida a principios morales irreversibles, y, por tanto, todo lo contrario de relativistas. Y el primer principio era el de que la libertad individual termina allí donde empieza la de los demás, una tesis que recorre como un hilo de Ariadna todo el pensamiento liberal, desde John Locke a Kant. Los relativistas de nuevo cuño olvidan que el liberalismo clásico asumió, a través del Renacimiento y de la “humanitas” moderna, las enseñanzas morales de la cultura grecorromana; de ahí que Shaftesbury elogiase el “moral sense”, David Hume eI “altruismo” o Adam Smith los “moral sentiments”, para no citar sino algunos ejemplos representativos. El relativismo postmoderno hoy reinante lo ha relativizado todo menos al propio sujeto individual, al que ha absolutizado; he ahí su contradicción fundamental y lo que le separa abismalmente de los padres del pensamiento liberal, ya que a diferencia de éstos no se sienten atados a ningún precepto ético o comunitario y obran en consonancia con la máxima del ‘anything goes’ proclamada por Paul Feyerabend o, aún peor, con el amoralismo egocéntrico del “Único” de Max Stirner. Por lo demás, afirmar que todo es relativo incluye en buena lógica el propio relativismo.

Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 14-20 de Marzo de 2008. nº 361.

Post-electoral

Aunque no había publicado nada después de las elecciones, no ha sido a causa de una depresión por los resultados. No, no he tirado la toalla pensando que seguiremos siendo la región exótica de Europa por muchos años. No.

Aunque entenderán que esté triste por cómo han votado los españoles. En primer lugar porque una parte importante a ejercido el nefasto voto útil, ese que te lleva a votar lo que no quieres para fastidiar a otro. Gracias a eso, mucha gente de izquierdas de este país se quedará sin representación en el parlamento; y no hablo de capacidad para influir en las decisiones del gobierno, sino de denunciar las políticas perjudiciales para los ciudadanos que se decidan. A partir de ahora, los medios se olvidarán de Izquierda Unida –sarcasmo de nombre- y sólo oiremos a los dos de siempre litigar por el sexo de los ángeles, mientras se ponen de acuerdo en subirnos la presión fiscal, a la vez que siguen reduciendo el tipo máximo en la declaración de la renta –sí, a ver cuando nos enteramos, que pagamos muchos más impuestos indirectos que directos-.

Triste, como digo, porque va a ser un parlamento de dos. Los dos monstruos que hemos creado y que se tragarán nuestra democracia, con sutileza, eso sí. Y eso nos llevará a que no habrá debate sobre los temas que nos interesan –bastante perdido ya-y, por tanto, los ciudadanos recibirán más y más propaganda a través de los medios, y menos información.

También triste porque UPyD con trescientos mil votos, sólo tiene un escaño, y el PNV, con algo menos, tiene seis. Que ya he oído a más de uno decir que miremos lo mal que están en Italia por tener una ley electoral que permite minorías –molestas, añado yo-. Que viva la estabilidad emanada de la propia dictadura. En fin, que mejor gobernados por dos y de buena familia, como debe ser.

Pero también estoy contento porque cuanto más nos cierren el parlamento, más nos obligarán a salir a la calle –como le sucedió a Felipe González-. Cuanto más intente ignorarnos, más nos empujan a unirnos y defendernos. Y me da que los próximos cuatro años van a ser de esos –quizá es lo que buscaban la gente de izquierdas, motivos para salir a la calle-.

A pesar de que los resultados muestran que mis preocupaciones sólo las comparte una minoría en este país –cosa que ya sabía-, seguiré apostando por una democracia real, en la que nuestras ideas estén representadas con la mayor fidelidad en el parlamento. Y sobre todo, que seamos nosotros, los paganos, quienes controlemos a los gobernantes y no al revés.

Next »