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Bailar

Leo que han inventado el baile en silencio…, pero no del todo –cosas de periodistas-, si no que el silencio se produce alrededor de quienes bailan, es decir, que no se escucha música en la sala de baile…, pero no del todo –música hayla-, lo que sucede es que la música la lleva cada uno, mediante unos cascos. Y no se quedan ahí, además, cada participante en el acontecimiento puede elegir un DJ, por lo que cada uno se mueve a un compás diferente. Dicen que es para reducir la contaminación sonora que producen en estos lugares.

No voy a entrar en la imagen ridícula que pueden protagonizar cientos de personas, realizando movimientos espasmódicos carentes de motivo para quien los ve. Ni siquiera en el alarido que cualquiera de ellos le dará al camarero cuando, al quitarse los cascos, hable en el tono en el que se encontraba, en una sala absolutamente silenciosa. Allá cada cual.

Lo que pregunto es si no sería más fácil –y probablemente reconfortante- bajar el volumen de la música para que no contamine. Porque, si el ruido es pernicioso, ¿no lo es para los pobres de los cascos? Es como si para evitar la contaminación de CO2 de los coches, redirigiéramos el humo al interior del vehículo. Claro, las ciudades estarían más limpias, pero los usuarios secos. Estos mozos terminarán todos sordos, claro, que si el ejemplo cunde en otros temas, en un mundo en silencio.

No se, algo está fallando. A mí, lo que me gustaba cuando bailaba, es poder hablar con el que tenía delante, compartir el disfrute de ese momento. Poder susurrar al oído palabras cálidas que pudieran convencer –fundamentalmente de que eras mejor de lo que parecía-. Y creo que sin comunicación es difícil hacerlo –alguno me dirá que entre los de los cascos también hay comunicación, pero me cuesta creerlo-.

Creo que la enfermedad de intolerancia que padecen nuestras sociedades se manifiesta en estos síntomas. Y que la solución estaría, por un lado, en bajar un poco el volumen de la música, y por el otro, aguantar el ruido los días que dure el festival. Si no, como en las historias de Asimov, terminaremos cada uno viviendo aislado en nuestro perfectamente sellado hogar.

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