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Nosotros sólo morimos

Han pasado ya unos días del atentado en Londres, de la conmoción que produce la muerte de seres humanos que vivían su vida normalmente y, de pronto, de la noche a la mañana, desaparecen. De la inmensa onda de dolor que produce, extendiéndose por familiares, amigos, vecinos, conocidos, dejando un horrible eco en el ambiente.

El problema con los terroristas es que se han creído –probablemente más que nosotros- lo que cuentan nuestros políticos sobre la democracia, y deben pensar realmente que el poder emana del pueblo. Así, y en lógica deducción, deciden matarnos porque creen que las acciones que nuestros mandatarios toman en sus países –promover la corrupción, robarles sus materias primas, mantener sátrapas compinchados, venta de armas, ocupación militar; en fin, apoyo de la injusticia- las hemos decidido nosotros.

Bien, lo que sucede es que esto no es así. En las democracias de los países más desarrollados, el pueblo, es decir, nosotros, somos mera comparsa, atrezo necesario. Votamos cuando nos dicen que hemos de hacerlo, a quienes dicen que hemos de votar, y punto. Ya no hay más poder del pueblo. A partir de aquí, los que presiden nuestros países pueden hacer lo que les de la real gana. Aunque la gente salga a las calles a decirles expresamente no hagan esto o lo otro –en el caso de la guerra de Iraq, en todos los países participantes hubo protestas masivas-, ellos van ha hacer lo que los diferentes lobbies e influencias les digan –en cada caso los que correspondan-.

Pensarán los terroristas que asesinándonos, nos presionan para que cambiemos de mandatario, y no se dan cuenta que no sirve para nada, que el mal que se hace desde los distintos gobiernos no depende del personaje de turno, que es el sistema el que está deteriorado. Pero, matándonos, no cambiarán el sistema, porque los que viven de el –los círculos de poder político, económico, etc.- nunca lo van a permitir. Es entonces cuando oímos eso de “el terrorismo no doblegará a las democracias”: eso en mi tierra se llama tirar con pólvora ajena.

Lo cierto es que nos encontramos en una malísima situación: por un lado, el poder está dispuesto a sacrificarnos –curiosamente, ayer vi un reportaje en el Canal de Historia sobre lo que sucedió en Srebrenica: clarificador-, y por el otro, nos hacen responsables de unos actos que no cometemos. Nosotros sólo morimos.

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