“En Loarre hay un castillo. Y este castillo es el mejor castillo románico de Europa”. Con esta frase comienza una pequeña guía que me compré a la entrada del castillo –del maravilloso y espectacular castillo- y que, por lo visto con mis propios ojos, ninguno de los que toman decisiones respecto al patrimonio de este país, ha leído.
La primera impresión al llegar allí es que, enseñan el castillo porque no les queda otro remedio: como la gente tiene interés, pues se lo enseñamos. Y no digo que los profesionales que se dedican a ello sean malos, sino que no se les da la más mínima ayuda: unos cartelitos informativos en las estancias del castillo, algo de multimedia, audiovisuales, etc.

Nuestra geografía está llena de centros de interpretación de todo –muchos de ellos interpretan la nada-, y aquí, que tienen unas piedras que hablan por si solas, tenemos un bareto al lado del castillo.
En España se paga hasta para ver el museo del chicle –seguramente con razón-, pues bien, esta joya del medievo se ve gratis; que narices, nos sobra la pasta.
Los accesos, una porquería –ahora han mejorado algo, pero me temo que habrá sido por la película de Scott -, con una carretera mala y vieja –mal pavimentada-. Me contaron de primera mano, que los autobuses vuelan en las curvas, estrechas y de 180º -yo, por suerte, iba en mi coche-.
Y una vez que estamos dentro, ancha es castilla: uno puede hacer lo que le de la gana. Yo, que pienso que en este tipo de monumentos se debe dejar a la gente libertad de movimiento, salí escandalizado de lo que vi. Y no me refiero a que se deteriorase el patrimonio –eso no lo vi-, sino al riesgo que la gente corría de despeñarse. Incluso unos niños, seguramente por la incompetencia de sus padres para ejercer como tales, subieron por una escalera de madera –dos troncos con tablas atravesadas- hasta una superficie diáfana, de la que podían caer fácilmente. Y yo me pregunto: ¿Y si alguien se cae y se mata? ¿Quién es responsable?
Uno sale de allí aturdido, por la enorme belleza que le rodea, y por la inmensa torpeza de quienes gastan nuestros dineros.
En fin, en cualquier caso, si pueden, no se lo pierdan.









