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Con las cosas de comer no se juega

A cuenta de lo que ha sucedido hace unos días en el parlamento británico, y de lo leído en libro de notas, me gustaría reflexionar un momento sobre el sistema político español, que se empeñan en llamar democracia.

La causa de que en el parlamento español nadie, jamás, abandone la disciplina de voto se debe a que los parlamentarios no son elegidos por los españoles –aunque ellos lo crean-, sino por los aparatos de los partidos políticos. Esto nos lleva a que un diputado que realice una votación no se atenga a su conciencia, o a lo que los ciudadanos piensan, sino a lo que su jefe quiere, entre otras razones de tipo sentimental, por una muy práctica: o voto lo que quiere el jefe o me echan y tengo que trabajar. Con todo lo que esto significa a día de hoy, porque no estoy diciendo que los diputados no den palo al agua, sino que no han de preocuparse de los clientes, de si llegan a fin de mes, de la precariedad del empleo, etc. Otra cosa sería si cobrasen, por ejemplo, quinientos euros más que lo que cobraban antes de llegar al puesto; en fin, que bobada, no habría ninguno –otro día contaré como nos podemos organizar perfectamente sin políticos-.

Esta disfunción de nuestro sistema político, que deberíamos solucionar cuanto antes –con listas abiertas, con un sistema de votación por distritos, o como sea- es la base del resto de tropelías que se cometen: desde la mezcolanza del poder judicial con el legislativo, y este con el ejecutivo, hasta los problemas que más molestan al ciudadano de a pie, y que no se solucionan porque el político de turno no quiere arriesgar votos –una ley de huelga, por ejemplo, de la que siempre se habla, pero nunca se hace-.

Por tanto, ese bonito párrafo constitucional donde se dice que el poder emana del pueblo, es literatura ñoña, como otros que le acompañan, y únicamente no provoca la risa de sus señorías porque con las cosas de comer no se juega.

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