No suelo escribir de temas propios de Internet habitualmente –aunque el anterior comentario lo era-, porque, entre otras razones, no me parecen lo más importante que necesita solución en este mundo. Pero he notado que va en aumento una variedad de seres humanos –creo que lo son: sólo los leo- en las listas de correo, y que tiene que ver con un mal que si creo que existe en nuestras sociedades. Son los ofendidos.
Como ustedes sabrán, a una lista de correo nos apuntamos para recibir información sobre un tema concreto, y como cada uno es de su padre y de su madre, y no todos tenemos la misma capacidad para entender las cosas, siempre aparecen correos que no tienen que ver con el tema de la lista. El principal problema de estos comportamientos es que generan ruido, es decir, se habla de temas que no tienen que ver con el que se trata en ella. Pues bien, salvo algún puñetero que no dice en el tÃtulo de que va su pregunta, o los pesados que siguen y siguen con un tema que no viene a cuento, lo normal es que mandes el correo a la basura y todo solucionado; si el tipo es muy pesado lo puedes incluso filtrar directamente a la papelera.
Pero aquà aparecen los ofendidos, que buscan el menor resquicio para echarle un buen rapapolvo al osado que mando el correo inapropiado. Son implacables, como aquellos maestros que pintaba Fellini en Amarcord, y someten a escarnio público la estulticia de quien envió el correo. Además, se van animando en su tarea de limpiar la inmundicia, y actualmente, no sólo vapulean a quien toca un tema diferente al de la lista, si no que sacan punta a un comentario dentro de una pregunta correcta.
Y se ofenden terriblemente, y se rasgan las vestiduras, y anatemizan al desestabilizador de la lista. En fin, que básicamente lo que consiguen es generar ellos mucho más ruido que el que añadió el mensaje inapropiado, sobre todo, porque el mensaje fuera de tema suelen ser 3 lÃneas y la airada contestación 3 párrafos.
Lo que creo es que estos comportamientos son sólo un sÃntoma de una enfermedad grave que padecemos desde hace tiempo, que es la falta de educación, que lleva a la intolerancia. Y lo que me preocupa es que, cuando vemos a personas maleducadas en situaciones de nuestra vida diaria, podemos, en un alarde de generosidad, achacarlo a la tensión que nuestra forma de vida produce, pero cuando aparece en un texto elaborado reflexivamente, el diagnóstico es claro: la enfermedad está contaminándonos sin remedio.





