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Después de muchos años de sufrir sus abusos, de no tener más remedio que aguantar sus caprichos y su mal servicio, por fin, me he ido de Telefónica. Y como en la mayoría de los casos en que nos dejan ejercer nuestra libertad, aunque el resultado sea incierto, lo importante es que podemos elegir.

Los que llevamos tiempo en esto de la Internet, los que venimos de los tiempos de Infobirria, en mayor o menor medida, todos albergamos el deseo de escapar al yugo de esta empresa. Hemos sufrido su desprecio durante mucho tiempo, y no hablo del caso del usuario final que se conectaba desde su casa –que también-, sino de quienes con nuestros negocios de ISP teníamos que sufrir putadas continuas de Telefónica, sin explicaciones, despreciando, como digo, la enorme pasta que nos costaba su asquerosa conexión, y por tanto, debíamos ir al cliente final con un “no sabemos que sucede, pero no hay línea”. Sabían perfectamente, que ningún gobierno tendría el coraje suficiente para dejarlos en una competencia real con otros proveedores –en este país pasa mucho, acuérdense del famoso :“¡No hay cojones en España a negarme a mí una televisión!”-, en la que, sin duda alguna, hubieran desaparecido. Lo sabían y lo saben, pues a día de hoy todavía siguen impidiendo que los clientes se vayan tranquilamente a otras compañías, y nadie les dice nada –que yo sepa, hay montones de denuncias no resueltas, cuando deberían escarmentarlos en menos de un mes para que sean efectivas-.

Mientras, los mismos políticos que nunca han querido un mercado libre, se dedican a fomentar lo que ridículamente llaman “la sociedad de la información”, creando fundaciones o haciendo enormes campañas propagandísticas, con el único fin de pagar favores políticos.

De la misma manera que para que se desarrolle cualquier otro negocio, el estado construye autopistas y carreteras, para que realmente se pueda hacer en España el mismo volumen de negocio alrededor de Internet que en otros países modernizados, deberían conectar las ciudades más importantes con buenas vías de transmisión de datos, y poner esa infraestructura al servicio de quien quiera crear su negocio. Esa sería la forma de crear negocios competitivos, y de que la gente, en masa, se acercara a Internet. Pero es el problema de siempre: ¿están buscando soluciones o mejorando la manera de perpetuarse en el poder? Ya saben la respuesta.

Ahora que Jazztel me permite desvincularme totalmente de Telefónica, ya que no tendré que pagar el alquiler de la línea a los de siempre, he conseguido lo mínimo que se le puede pedir a una economía de libre mercado, elegir libremente que compañía me dará acceso a La Red; en el 2006, 10 años después de mi primer contacto con Internet. Con suerte, para el 2016, igual tenemos tres opciones.

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