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Pequeños y grandes detalles

De niños siempre queremos estar más altos que los demás, e intentamos subirnos a cualquier cosa que nos de esa superioridad que necesitamos.

Yo, en mi pueblo, tuve la enorme suerte de tener a mi alrededor naturaleza donde podía trepar: árboles, montículos de tierra, y hasta un monte –no muy alto- desde donde se divisaba todo el pueblo y que era el sumo de altura, ya que desde allí lo dominabas todo.

Pero recuerdo especialmente una morera, enorme, de unos 20 metros de alto, majestuosa, que daba sombra a una fuente donde las gentes iban desde el pueblo a coger agua, ya que se le tenía especial aprecio. Allí nos subíamos y pasábamos horas, al abrigo de sus ramas, sintiéndonos invisibles –aunque tal vez sólo fuera en nuestra imaginación-, observando a los transeúntes, mucho más pequeños que nosotros.

En la plaza donde vivo actualmente, veo niños jugar, que también quieren ser los más altos, y como yo se encaraman a donde pueden. La diferencia es que en esta plaza los niños suben a buzones de correos, amarillos y rechonchos buzones de correo.

Si es verdad aquello de que en los 10 primeros años de vida se forma la personalidad, estos detalles deben importar mucho.

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