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La revolución silenciosa

Pensé hace unos días escribir sobre las elecciones catalanas, y más concretamente, sobre la abstención, ese tanto por ciento endémico que poco a poco va quedando en todos los procesos electorales, más o menos un 50% de gente que no va a votar, que piensa que no sirve para cambiar nada. En EE.UU. ha habido elecciones, y allí también lo tienen, teniendo en cuenta, por supuesto, que ellos no votan en día de fiesta. Aquí, esa circunstancia podría convertirse en 60% de abstención.

Pero creí que era mejor pensar en que se puede hacer para evitar esta situación, por un lado, que los ciudadanos vean que si pueden hacer algo para que las cosas cambien, y por otro lado, para incomodar a quienes se sienten tranquilos porque, con mayor o menor respaldo, van a conseguir los puestos sin problemas –aquella idea de que los votos en blanco significasen escaños vacíos, no parece que les interesase demasiado-.

Y se me ocurrió la idea de la revolución silenciosa. Una acción que podrían llevar a cabo todas las personas de este país que han conseguido un puesto en la administración sacando una oposición, demostrando en dura competencia sus conocimientos y capacidades, que son quienes hacen que el sistema funcione y que, por supuesto, tienen infinitamente más autoridad moral que cualquier político de turno para tomar una decisión porque, con seguridad, lo que les mueve es hacer bien su trabajo y no favorecer a uno u otro interés espurio.

Pues bien, yo les invito a que cuando reciban una orden política, de esas que reciben a menudo, de las que les hace poner cara de extrañeza sino de asco, pensando “¿qué sentido tiene esto?”, se planten. No uno o dos solos, eso no serviría, han de hablarlo y ponerse de acuerdo; en un ministerio, en una consejería o en un ayuntamiento.

Cuando el político advenedizo les diga “se va ha destinar este dinero para reparar esta calle, hazme ese estudio”, se le diga, “ya hemos hecho el estudio, pero pensamos que reparar esa calle, que no está mal, para una población de 200 personas no es urgente, mejor sería reparar esta otra, que está mucho peor y afecta a 10.000”. Seguro que ejemplos los hay mejores, pero la idea es la misma.

Una cosa así jamás saldría a la luz pública. Al político no le interesa que se sepa que los técnicos de la administración se le plantan porque creen mucho más razonable, con datos sobre la mesa, una propuesta consensuada que la suya, que favorece a quien sea. ¿Echarlos o expedientarlos a todos?, mucho peor para su publicidad.

Podrían conseguir un cambio paulatino y silencioso. Aparentemente los políticos seguirían con su verborrea, pero todo funcionaría de forma mucho más razonable.

Y aunque podríamos creer que aprovecharían esa buena marcha de las cosas para adjudicársela a ellos mismos, no podrían, porque ellos están en puestos de poder porque les apoyan gentes que quieren su contrapartida, y si no les dejamos que tomen decisiones arbitrarias –¿adjudicaciones de obras públicas?- durarían un segundo allí arriba.

La conclusión de todo esto, es la que vengo diciendo desde hace tiempo: el estado puede funcionar perfectamente sin ellos. Intentémoslo.

No digo que sea fácil llevarlo a cabo, sólo digo que no podemos quedarnos parados mientras nos van arrebatando poco a poco nuestra democracia.

Un comentario a “La revolución silenciosa”

  1. el 14 Nov 2006 a las 22:18 antonio

    la idea es buena. Lo malo es que el egoismo impera, y tal y como está el trabajo, los que han conseguido asegurárselo no creo que estén dispuestos a arriesgarse a perderlo por causas altruistas o justas. De todas maneras, repito, la propuesta es muy buena, y ojalá hubiese un movimiento así entre los funcionarios, perderían su mala fama instantaneamente de suceder algo parecido.

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