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De buen conformar

He visto recientemente La isla, película muy parecida a la clásica La fuga de Logan, pero actualizada a los tiempos que corren. En ambas, la idea central es una sociedad feliz, en la que el sistema se preocupa por el bienestar de los ciudadanos; eso sí, sin hacer preguntas.

Las dos son una metáfora que nos cuenta aquello que ya sabía Aldous Huxley: mucho cuidado con las bondades impuestas desde el poder.

Estamos en unos tiempos en los que el poder, en creciente progresión, nos impone sus geniales ideas, que nos venden como buenas para nosotros, convenientemente cubiertas con el manto de la democracia -de la palabra, porque de la esencia del sistema queda poco-, pero que no podemos sino aceptar, ya que nadie nos pregunta si nos parece bien o mal.

Podemos pensar que esto ha sucedido siempre, que siempre se ha impuesto desde el poder lo que teníamos que hacer –y más en España-, pero la diferencia es que antes no vivíamos con la sensación de “mundo feliz” que comentaba al principio. Sabíamos que había que acatar las órdenes y lo hacíamos. Lo grave de la situación actual es que nos quieren hacer creer que vivimos en una sociedad libre y democrática –fundamentalmente, para que no pensemos en cambiar las cosas-, donde las medidas que establece el poder son consentidas por toda la sociedad porque las refrenda con las urnas.

Y esta es precisamente la clave, la imposición de leyes, normas y reglamentos sin contar para nada con nuestra voluntad. Porque siempre que no nos pregunten que queremos como sociedad, que nos ignoren con la cantinela de que es por nuestro bien, debemos desconfiar. Si somos adultos para ir a votar cada cuatro años, también lo somos para que nos expliquen eso que nos va a hacer tanto bien, y decidir si lo queremos o no.

Pero se han acostumbrado a la facilidad con la que los ciudadanos tragan por el sacrosanto respeto a la democracia. En otros países con el mismo sistema, consienten menos, es verdad, pero aquí, tal vez los cuarenta años que pesan mucho, tal vez porque somos de buen conformar -que dicen en mi tierra-, nos estamos dejando hacer de todo sin rechistar.

El problema de la vida real frente a las historias de ficción, es que en estas, la sociedad descrita funcionaba perfectamente, sin alteraciones, pero en nuestro mundo nos seguirán apretando hasta que no podamos más.

Sucede, que cuando la situación se deja empeorar hasta esos límites, las soluciones son mucho más complicadas. Nuestros políticos ejemplifican esto todos los días, deberíamos aprender.

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