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Andalucía no pierde el tiempo

Los andaluces les han dicho a los políticos que no consideran importante sus reformas del estatuto. Se lo han dicho con absoluto desdén hacia su convocatoria electoral.

No voy a interpretar lo que significa la falta de interés, como han hecho los políticos ofendidos, erigiéndose falsamente en exegetas de chichinabo: que si no han ido a votar porque estaban convencidos de que ganaba el sí; que si no había demasiada tensión política; que, al final, oh casualidad, los ciudadanos querían lo mismo que ellos.

Hablando sobre los cambios que necesita nuestro sistema político, más pronto que tarde, se planteaba el problema de que en un sistema donde los ciudadanos tuvieran mayor protagonismo en la política diaria, se podía producir exclusión y baja participación. Bien, yo creo que mayor exclusión que ese 60% largo que se ha quedado en su casa no la habrá.

Por otro lado, lo que realmente me preocupa hoy, es la legitimidad para dar por aprobada la reforma del estatuto. ¿Dónde está el límite? ¿Si va a votar sólo la familia del presidente de la junta también se podría decir que los andaluces aprueban la reforma?

 

Es bochornoso que con el 60% de abstención tengan la caradura de decir que la reforma está legitimada. Aunque entiendo que es difícil de explicar los años que han tirado haciendo esa estúpida reforma –decía Arenas, antes del referéndum, que era el estatuto español donde mejor se protegía el derecho a la vivienda de los ciudadanos; ¿más o menos que en la constitución?- y la cantidad de millones tirados, que tan bien les hubiese venido a los andaluces en otros menesteres.

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