Puntos de vista
14 Abril 2007, escrito por ipit
“Ustedes van cambiando la manera de llamar a los musulmanes a medida que pasa el tiempo, pero son los mismos. A quien hoy llaman radical, mañana, cuando consiga lo que quiere, será moderado.”
Es una reflexión que he escuchado a un inmigrante, y que podríamos aplicar también a los nativos de nuestro país, o de los del primer mundo. Porque es una realidad que tiene que ver con la economía, con la calidad de vida, y no con la religión o las creencias de cada uno. Qué decir de la famosa generación del 68, aquellos revolucionarios que querían cambiar el mundo con el amor y la paz. Hoy viven acomodados, compitiendo ferozmente sin importarle el ser humano que tienen a su lado y seguramente, despreciando a quien hoy protesta por la desastrosa gestión de los recursos naturales del planeta –por poner un ejemplo-. En el 68 eran radicales, hoy son moderados.
Aunque se empeñen en pintarlos –los de aquí y los de allí- como problemas religiosos, como civilizaciones contrapuestas, creo que la mayoría de radicales que hay en el mundo sólo quieren una vida digna: tener una vivienda donde volver después de un día de trabajo; el que les dé la posibilidad de comer todos los días. Poco más. Por desgracia, en los países donde más personas están dispuestas a morir y matar, no existen esas condiciones de vida aceptables.
Al primer mundo, sólo se le ocurre para solucionar este problema, remedios que nunca pasan por sacrificios en su modo de vida, que son los que realmente podrían cambiar la terrible situación de estos lugares. O bien aplicamos represión, o bien les exportamos nuestras penosas democracias, de las que seguimos orgullosísimos, sin que hayan evolucionado ni un ápice, después de todas las barbaridades que hemos visto hacer, desde estos regímenes, en el trágico siglo XX.
Evidentemente, si en nuestros países, que tenemos experiencia de cómo se las gastan quienes gobiernan, somos incapaces de atajar las distintas corruptelas de todo tipo que están a la orden del día, lo que sucede en cualquier país del tercer mundo al que le recetamos nuestro sistema de gobierno, es un desbarajuste inmenso.
Las etiquetas, la terminología, es una cómoda manera de no pensar. Cuando colgamos a alguien una de las etiquetas prefabricadas y manidas de las que usamos, evitamos tener que pensar sobre los actos y las circunstancias de esa persona. Y, fundamentalmente, sobre nuestro grado de responsabilidad en sus acciones.





