El vicio del poder
10 junio 2007, escrito por ipit
Desde Platón y Aristóteles a los teóricos de la democracia moderna, los grandes traÂtadistas de la ‘res publica’ han compartido unánimemente el criterio de que el objeto de toda república o comunidad es el bienesÂtar y la felicidad de sus miembros. Bueno será, pues, el gobernante que se atenga a este fin, malo el que no. La experiencia hisÂtórica nos enseña infortunadamente que los gobernantes que más abundan perteÂnecen a esta segunda categorÃa. Ello fue asà en el pasado y sigue siéndolo hoy, tanto en nuestro paÃs como en los demás. La casta polÃtica procura en primer lugar velar por su propia felicidad y bienestar, mientras que el sufrido ciudadano de a pie tiene que conformarse con lo que sobra, que en geÂneral es insuficiente. Que en sus discursos, mÃtines y demás actos de propaganda los detentadores del poder afirmen lo contraÂrio forma parte consubstancial de su oficio, uno de cuyos elementos centrales es el de ocultar o tergiversar la verdad, única maneÂra de conseguir el consenso que necesitan para seguir tirando de la rifita.
(…)La instrumentalización de la polÃtica como medio de vida es un feÂnómeno relativamente nuevo. En tiempos todavÃa no muy lejanos, los polÃticos vivÃan no del erario público, sino de su profesión, tanto los de clase media como los obreros. Si consagraban su tiempo y sus energÃas a la ‘res publica’ era por vocación, no para pasar a formar parte de lo que Proudhon llamó en su dÃa “la casta de los improducÂÂtivos”, como ocurre con los polÃticos profeÂsionales de hoy. Es la diferencia entre una época que tenÃa ideales y una época cÃnica que ha perdido el pudor y se guÃa por la exÂpedita y comodÃsima moral del ‘anything goes’ y del todo está permitido.
ExtraÃdo del artÃculo de Heleno Saña en La Clave 1-7 de Junio de 2007. nº 320.










En polÃtica las urnas colocan (en el sentido de encontrar un empleo) a los polÃticos. Pero en polÃtica el acceso al empleo no depende de un curriculum, o de un examen, o de una entrevista, o de la valÃa, etc. Depende del lenguaje del partido. Dotado de unos significados propios y unas leyes que rigen las relaciones entre las palabras. Y el partido y sus polÃticos deben constituirse en custodios de ese lenguaje. El lenguaje es el nexo de comunicación entre el polÃtico y el ciudadano. El polÃtico de éxito sabrá hacer uso de los resortes del lenguaje. La ideologÃa es ese lenguaje. Pero entonces la ideologÃa se convierte en la herramienta para perpetuarse en el empleo. ¡Usemos la ideologÃa en nuestro provecho! Ese es el nuevo grito que el partido enseña a sus polÃticos. Pero ese no es el auténtico uso de la ideologÃa. Ésta sirve para otra cosa, creo yo.