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El vicio del poder

Desde Platón y Aristóteles a los teóricos de la democracia moderna, los grandes tra­tadistas de la ‘res publica’ han compartido unánimemente el criterio de que el objeto de toda república o comunidad es el bienes­tar y la felicidad de sus miembros. Bueno será, pues, el gobernante que se atenga a este fin, malo el que no. La experiencia his­tórica nos enseña infortunadamente que los gobernantes que más abundan perte­necen a esta segunda categoría. Ello fue así en el pasado y sigue siéndolo hoy, tanto en nuestro país como en los demás. La casta política procura en primer lugar velar por su propia felicidad y bienestar, mientras que el sufrido ciudadano de a pie tiene que conformarse con lo que sobra, que en ge­neral es insuficiente. Que en sus discursos, mítines y demás actos de propaganda los detentadores del poder afirmen lo contra­rio forma parte consubstancial de su oficio, uno de cuyos elementos centrales es el de ocultar o tergiversar la verdad, única mane­ra de conseguir el consenso que necesitan para seguir tirando de la rifita.

(…)La instrumentalización de la política como medio de vida es un fe­nómeno relativamente nuevo. En tiempos todavía no muy lejanos, los políticos vivían no del erario público, sino de su profesión, tanto los de clase media como los obreros. Si consagraban su tiempo y sus energías a la ‘res publica’ era por vocación, no para pasar a formar parte de lo que Proudhon llamó en su día “la casta de los improduc­­tivos”, como ocurre con los políticos profe­sionales de hoy. Es la diferencia entre una época que tenía ideales y una época cínica que ha perdido el pudor y se guía por la ex­pedita y comodísima moral del ‘anything goes’ y del todo está permitido.

Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 1-7 de Junio de 2007. nº 320.

Un comentario a “El vicio del poder”

  1. el 13 Jun 2007 a las 15:01 Dafd

    En política las urnas colocan (en el sentido de encontrar un empleo) a los políticos. Pero en política el acceso al empleo no depende de un curriculum, o de un examen, o de una entrevista, o de la valía, etc. Depende del lenguaje del partido. Dotado de unos significados propios y unas leyes que rigen las relaciones entre las palabras. Y el partido y sus políticos deben constituirse en custodios de ese lenguaje. El lenguaje es el nexo de comunicación entre el político y el ciudadano. El político de éxito sabrá hacer uso de los resortes del lenguaje. La ideología es ese lenguaje. Pero entonces la ideología se convierte en la herramienta para perpetuarse en el empleo. ¡Usemos la ideología en nuestro provecho! Ese es el nuevo grito que el partido enseña a sus políticos. Pero ese no es el auténtico uso de la ideología. Ésta sirve para otra cosa, creo yo.

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