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La enfermedad de nuestro tiempo

Porque el afán de imponerse como sea a los demás no pue­de colmarse más que quitándoles una par­te mayor o menor de lo que les correspon­de. De ahí que lo que les sobra a unos les falte a otros. Pero lo peor es que en vez de avergonzarse, los culpables de este mal es­tán orgullosos de su manera de ser y proce­der, creyendo en serio que son superhom­bres o héroes. Por eso miran con desprecio a quienes voluntaria o involuntariamente no participan de su juego. Tampoco les importa que los derrotados y marginados sufran y pasen hambre, que carezcan de trabajo, de agua potable, de medicinas o de un techo donde cobijarse, como ocurre con tantos millones de seres humanos. Lo único que para ellos cuenta es su lujo, su ostentación, sus negocios, sus cargos, sus trofeos y el “ranking” que puedan ocupar en la feria mundial de vanidades y envidias.

Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 18-24 de Mayo de 2007. nº 318.

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