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Misticismo y política

Nos hemos pasado a la política, la maldita y miserable política, que no sólo no soluciona ningún problema serio, sino que más bien lo complica y estro­pea todo, empezando por la que pretende estar al servicio del progreso y la emanci­pación, como la del señor Zapatero, lo que no significa que los programas de sus rivales ideológicos sean mejores que el suyo. Uno como los otros representan una forma equi­vocada y deformada de la política, ya por el solo hecho de que la conciben sobre todo como posesión del poder. Y dado que ésta es su motivación primordial, para satisfacerla no vacilan en recurrir a toda clase de me­dios, también y preferentemente de índo­le moralmente dudosa o ilegítima. De ahí la imagen deprimente que el país ofrece, quizá no para los horteras de turno, pero sí para quienes conservan en su alma un resto de altitud moral y espíritu. Despolitizar­nos sería quizá el primer paso para poner fin a la España ramplona y superficial que ha ido surgiendo en las últimas décadas, caricatura burda de la que imaginábamos en tiempos y después de la dictadura. Deberíamos dejarlos solos, a los políticos, para que cobraran conciencia de su lamentable gestión y tuvieran que predicar en el desier­to, pero sin luz y taquígrafos ni cámaras de televisión. La única política digna de este nombre es la que de antemano renuncia al poder y predica lo que el gran escritor y pacifista alemán Hugo Ball -otro místico- llamaba el “Ohn-macht” o “sin-poder”. ¡Pe­ro qué absurdo!, objetarán los que no cono­cen otra realidad que la rutina y la cómoda moral del ir tirando, olvidando que todo lo grande ha empezado siempre siendo y pa­reciendo un absurdo. Si no hubiera habido grandes soñadores, la historia no se hubie­ra movido de su sitio y estaríamos todavía en la edad de las cavernas. No en mandar y prohibir debería consistir una política real­mente fecunda y racional, sino en enseñar a los hombres a regirse por sí mismos y a cumplir voluntariamente con su deberes cívicos y morales. Pero para alcanzar esta meta lo primero que se necesitaría sería un sistema educacional capaz de fomentar los atributos éticos y humanos de la persona, en vez de azuzar sus instintos competitivos y agresivos, como ocurre hoy dentro y fuera de nuestro país. ¿Pero cómo se va a enseñar a la gente a despreciar el poder si la oligar­quía que rige el mundo es la primera en co­diciarlo?

Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 15-21 de Junio de 2007. nº 322.

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