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Insufribles

La clase política es una desgracia que tenemos que sufrir todos los días como las famosas hemorroides, con la única diferencia de que a los políticos no los tenemos que aguantar en silencio.

Además, ellos prefieren no hacer mucho ruido, que no se les oiga si no es indispensable, dar cuantas menos explicaciones mejor –esto último especialmente en nuestra peculiar “democracia”-. Y sinceramente, mientras no afrontemos la profunda reforma que necesita nuestro sistema, mucho mejor.

Porque digo esto, pues por que cuando nos sale uno como la señora Salgado, premiada por su labor en Sanidad con el ministerio de Administraciones Públicas –espera el presidente que ahí no le estropee nada, pero no se debería confiar-, el desastre está garantizado. De hecho, Zapatero le paró la ley del alcohol antes de las municipales, para que no le pusiese a media España en contra, y después la ha quitado definitivamente del ministerio.

Ahora me entero que, en otra de sus cruzadas, la Ley del Medicamento, además de tutelarnos como si fuéramos sus niños a los que ha de cuidar, diciéndonos que podemos o no tomar, resulta que en ese alarde estúpido de poner las cosas como ella quería, aunque no tuvieran nada que ver con la realidad, ha dejado fuera de la ley a todos los enfermeros de este país. Sí, porque la ley les prohíbe hacer recetas, y si ustedes han pasado alguna vez por un hospital –y temo que así será- una de las labores de los enfermeros que acompañan a los médicos que les atienden –es un decir- en las consultas, es hacer recetas. Pero claro, este hecho incomodo no iba a estropear la ley de la ministra, faltaría más.

Los enfermeros, con mucha razón, le dicen ahora al gobierno que o cambia la ley, o dejan de hacer recetas, lo que significaría en la práctica el colapso de nuestra abandonada sanidad.

Termino contándoles un sueño que he tenido hoy. Me despertaba escuchando la radio un día de Septiembre, con el verano concluido, y la locutora decía alarmada que la clase política de este país había decidido en bloque no volver a sus cargos, que era mucha responsabilidad la que tenían que soportar y que lo dejaban. ¡Qué cabeza la mía!

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