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Una mercancía cualquiera

Parece ser que la preocupación central del español medio es el paro, según informaba el Cen­tro de Investigaciones Socioló­gicas (CIS) en uno de sus últimos sondeos. Y no es para menos. Desempleo lo ha habido en mayor o menor medida siem­pre; piénsese en la Alemania de entregue­rras o en los Estados Unidos de la misma época y en las consecuencias fatales que los altos índices de paro tuvieron para ambos países, Europa y el mundo entero. Lo real­mente nuevo es que, hasta hace pocos decenios, los puestos de trabajo eran predo­minantemente estables, mientras que hoy se caracterizan de manera creciente por su inestabilidad. Aproximadamente has­ta la década del setenta, la situación labo­ral de las clases asalariadas fue de signo as­cendente, fase que coincidió con el ‘boom’ de la economía capitalista y la existencia de sindicatos fuertes capaces de enfrentarse al capital. A partir de los ochenta, se inició la ofensiva del capital contra el trabajo, un gi­ro histórico ligado a nombres de tan triste recuerdo como Ronald Reagan y Margaret Thatcher, y a nivel teórico, de Milton Fried­man. Desde entonces acá, la situación de la mano de obra no ha hecho más que empeo­rar. El neoliberalismo reinante ha conver­tido a los obreros y empleados en una mercancía cualquiera, a la que se utiliza o se arroja a la calle según las conveniencias de cada momento. La última palabra la tienen los intereses del capital. El asalariado del mundo occidental -sin hablar ya de los pa­rias del Tercer Mundo- tiene cada vez me­nos derechos y más obligaciones, se ve obligado a rendir más por menos dinero.

A ese proceso de cosificación y deshuma­nización se le viene llamando ‘flexibiliza­ción’, uno de los tantos cínicos eufemismos puestos en circulación por los ‘think tanks’ y aparatos de ‘public relations’ del sistema para justificar el ‘diktat’ brutal que el capi­talismo salvaje hoy vigente ejerce sobre la sociedad. Las clases trabajadoras están ca­da vez más desprotegidas y más a merced de los cálculos, operaciones y maniobras del ‘big business’. Y lo peor es que no pue­den esperar protección por parte del Esta­do, tampoco en países gobernados por partidos socialdemócratas o socialistas, como en España hoy. Nuestro jefe del Ejecutivo es un fiel servidor del gran capital, como lo ha sido durante años en Gran Bretaña Tony Blair o el ex canciller alemán Gerhard Schroder en su país. Los sindicatos son cada vez más débiles en todas partes, en primer lugar en los EE.UU., pero también en países con una gran tradición sindicalista como el nuestro, de la que Comisiones Obreras y UGT son una pálida y triste sombra.

Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 13-19 de Julio de 2007. nº 326.

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