Subscríbete a
Entradas
Comentarios

Servir y Servirse

(…)El liberalis­mo clásico partía del supuesto de que el me­jor Gobierno es el que menos gobierna, “go­vernment govern best which govern least”. Los Gobiernos de hoy tienden al contrario a considerar que la mejor manera de gober­nar es la de gobernar mucho. Este criterio intervencionista y fiscalizador explica la tendencia del Estado actual a entrometer­se cada vez más en la ‘privacy’ del ciudada­no, y ello ya a nivel material. Todo Estado adopta la ideología dominante en cada res­pectiva época histórica. El Estado moder­no, un producto del triunfo de la burguesía sobre la nobleza, ha asumido la ley capita­lista de la acumulación del capital; de ahí­ su tendencia a apoderarse de manera creciente de la riqueza producida por el cuerpo social, lo que logra a través de una política tributaria alta. Tanta es su voracidad pecuniaria, que a pesar de las grandes sumas que recauda del contribuyente, casi todos ellos se endeudan y recurren al crédito bancario para tener todavía más. Una parte de sus ingresos los destina el Estado a satisfacer las necesidades e intereses del ciudadano, pero los gobernantes de turno se las arreglan siempre para derrochar el dinero en iniciativas parasitarias o en proyectos absurdos, en vez de invertido en empresas y tareas favorables al bien público.

Con el presupuesto del estado aumenta la cantidad de gente que quiere vivir de él. De ahí que lo que Proudhon -coetáneo de Kierkegaard- llamaba la “casta de los improductivos” crezca cada vez más. Me apresuro a consignar que al servirme de es­ta metáfora no me estoy refiriendo a los em­pleados y funcionarios públicos, que ejer­cen una función laboral tan útil y necesaria como la que cumplen los asalariados de las empresas privadas. Diré incluso que uno de los fenómenos más negativos de los últimos tiempos ha sido el de privatizar o subcontratar áreas de servicio que antes de irrumpir el neoliberalismo hoy vigente eran de incumbencia de las plantillas estatales, en general más competentes, preparadas y res­ponsables que las de la economía privada y su creciente proclividad a emplear per­sonal mal pagado y profesionalmente mal adiestrado. De ahí que el proceso de privati­zación y subcontratación esté conduciendo a un deterioro creciente de la calidad y se­guridad de los servicios. Al hablar de la casta de los improductivos me estoy refiriendo a las minorías en general nada selectas que, sin otro mérito ni otra cualificación que la de pertenecer a un partido político, están en condiciones de apoderarse de la máquina del Estado y disponer de ella a su antojo. Por lo común y con pocas excepciones, los administradores de la ‘res publica’ se sirven primero a sí mismos, en vez de servir en pri­mer lugar al ciudadano. Valga como ejem­plo último los sueldos desorbitados de mu­chos alcaldes españoles. Su prepotencia ha llegado a tal extremo, que la única función que asignan a la ciudadanía es la de acatar sin rechistar sus decisiones y disposiciones. De ahí que el ciudadano haya dejado de ser sujeto de la política para convertirse en su objeto. ¡Con qué clarividencia supo prever Rousseau que el ciudadano sólo es libre el día de elecciones!

La principal tarea del estado es hoy la de disciplinar al cuerpo social; por eso hay cada vez más leyes y decretos y menos li­bertad, más prohibiciones, controles y amenazas y menos autodeterminación personal. El ciudadano ideal concebido por los grandes teóricos de la democracia ha sido degradado a lo que Adorno y Horkheimer llamaban “hombre administrado”, esto es, a receptor y ejecutor pasivo de las órdenes que le llegan de arriba. Y cuando surgen problemas, no es naturalmente por culpa de la mala gestión de los gobernantes, sino de la mala voluntad de los gobernados. Lo que por inercia mental seguimos llamando democracia representativa, y últimamen­te incluso deliberativa, es en realidad cada vez más impositiva y autoritaria. Estamos todavía lejos de la situación anticipada por Orwell en su obra ‘1984′, pero en esa direc­ción vamos.

Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 28-4 de Octubre de 2007. nº 337.

Trackback URI | Comments RSS

Deja un comentario