Democracia oligárquica
20 Abril 2008, escrito por ipit
La democracia se sostiene hoy no por sus atributos y balances positivos, sino por factores negativos como la resignación, el escepticismo, la indiferencia o la ignorancia. Eso explica que su signo distintivo sea la inercia, la esterilidad y la estática, no la dinámica creadora y la fecundidad. De ahí que no haya renovación, sino únicamente reiteración. Ésta es también la razón de que sigan sin solucionar problemas tan viejos pero tan candentes como la pobreza, el desempleo, la precariedad laboral, la injusticia distributiva o la corrupción. Que estos escándalos sociales y morales sigan formando parte de los Estados democráticos y se consideren incluso como inevitables y casi normales, demuestra no sólo el cinismo de los gobernantes sino también el grado de despolitización a que ha llegado la sociedad de consumo. El pueblo soberano tiene más que sobrados motivos para arrojar del poder a la mayoría de sus actuales detentadores, si se abstiene de hacerlo es porque ha perdido el sentido crítico y la capacidad combativa que tuvo en épocas menos conformistas que la nuestra. La pasión de servidumbre que Albert Camus adjudicaba al siglo XX forma también parte de la primera década del siglo XXI, con la perspectiva nada halagüeña de que probablemente irá en aumento. La alienación tiene muchas caras, y una de ellas es la pérdida de la conciencia de los propios derechos. En su ensayo “The Soul of Man under Socialism”, Oscar Wilde afirmaba “Allí donde hay un hombre que ejerce autoridad, hay también un hombre que le ofrece resistencia”. Si el gran escritor inglés viviera entre nosotros, se hubiera abstenido de opinar así.
Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 4-10 de Abril de 2008. nº 364.





