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Sectarismo

(…)Un país en el que la mitad de su población está disputando de continuo con la otra mitad tiene escasas posibilidades de dar una solución satisfactoria a sus problemas y está condenado a la discontinuidad y a la inoperancia. Nuestra proclividad al sectarismo, lejos de ser un fenómeno reciente y una particularidad del PSOE, del PP y otros partidos, tiene raíces muy lejanas y forma parte desde hace siglos de la dimensión negativa de nuestra tradición histórica. El solo hecho de que subsista demuestra lo poco que en este aspecto hemos aprendido. Oficial y formalmente hemos adquirido por fin la categoría de democracia pluralista, pero lo que se oye en las tribunas públicas no pasa de ser, con escasas y honrosas excepciones, lo que mi inolvidable amigo Ulrich Sonneman hubiera llamado “monólogos aislados unos de los otros”. Además de emponzoñar nuestra convivencia cívica, esta incapacidad dialógica conduce también a un empobrecimiento humano, moral e intelectual de la vida intersubjetiva y colectiva. Porque diálogo significa no sólo entenderse, sino también enriquecerse, mientras que a la inversa, el antidiálogo no es sólo negación del otro, sino de uno mismo. Mirado atentamente, el hiperindividualismo carpetovetónico se revela como un intento de prescindir de los demás como interlocutores y de reducirlos a materia pasiva de nuestro expansionismo personal.

iQué horror, vivir creyendo que se tiene siempre razón y considerar como enemigo en potencia a quien no comparta nuestros puntos de vista! ¡Y qué aburrida una sociedad que desconoce la fecundidad de la dialéctica y practica casi exclusivamente la esterilidad de la monoléctica!

Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 25-1 de Mayo de 2008. nº 367.

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