La democracia deliberativa
6 Julio 2008, escrito por ipit
Habitualmente tomo de los artículos de Heleno Saña una parte que representa la idea que él quiere transmitir, pero el que pongo a continuación, creo que es necesario mantenerlo completo para que se entienda perfectamente, además de que me parece muy bueno. Ahí va.
Uno de los últimos paradigmas teóricos concebidos y puestos en circulación por la vanguardia intelectual del mundo occidental ha sido el de la democracia deliberativa. Su objetivo es el de relegitimar con un nuevo discurso el modelo de poder vigente en el alto capitalismo, cada vez más desprestigiado y más en contradicción con los principios liberales de que todavía presume. Producto típico de la “intelligentsia” académica, los frutos prácticos de esta tentativa renovadora han sido poco más que nulos, a pesar de la resonancia mediática de que ha gozado. La base de la nueva teoría es una mezcla más o menos coherente del pragmatismo estadounidense, de la teoría del lenguaje (Wittgenstein) y de la “acción comunicativa” de Jürgen Habermas. De lo que se trata es de deconstruir la “Bewustseinsphilosophie” o filosofía subjetiva clásica y dar prioridad al individuo como interlocutor intersubjetivo y social, un principio que se halla ya preconfigurado en la tesis hegeliana del reconocimiento recíproco de los sujetos. El objetivo es el de alcanzar, a través del diálogo y la interacción de los agentes sociales, las opciones más aptas para afrontar lo más democrática y óptimamente posible los problemas del hombre y la sociedad.
Todo esto está muy bien intencionado y suena muy progresista, pero parte de la ficción de dar por supuesto que en un sistema fundamentalmente discriminativo y clasista como es el que impera hoy en el mundo existe la posibilidad de deliberar en condiciones de igualdad. El mundo es cada vez menos deliberativo y menos democrático, empezando por la economía, regida no por la supuesta “partnership” entre el capital y el trabajo, sino por el draconiano ‘diktat’ que aquél impone a éste. Pese a los numerosos tratados elaborados entretanto sobre las delicias de la democracia deliberativa, la única verdad es que la inmensa mayoría de la población mundial no tiene la menor posibilidad de hacerse oír y participar en el debate público, y ello no sólo en los países tercermundistas, sino también en las mismas democracias occidentales donde se ha gestado la nueva panacea de “democratizar la democracia”, según la fórmula de Anthony Giddens. La “decision-making” tiene lugar a puerta cerrada en los despachos de los grandes grupos de presión, no en el ágora pública. No es, pues, el fruto de los “mejores argumentos” acordados por cada respectiva comunidad deliberante, sino de algo tan anticomunicativo y tan ultimativo como es el poder. Sócrates se ha quedado solo; de ahí que en torno suyo no haya interlocutores dispuestos a oírle y a seguir sus enseñanzas, sino únicamente una masa amorfa de individuos que pasan de largo sin prestarle la menor atención.
Por lo demás, toda la teoría sobre comunicación y consenso como fuente de la verdad, es menos nueva y original de lo que parecen suponer sus artífices estadounidenses y europeos; en realidad es el lugar común de la “philosophia perennis”, con Platón a la cabeza, que no casualmente expuso su doctrina en forma de diálogos. Entre ambas corrientes de pensamiento existe naturalmente una diferencia fundamental, que es la de que mientras la dialéctica platónica se apoya en la idea del bien como valor absoluto y eterno, la “ética del discurso” de Habermas y sus colegas está bordeando siempre el relativismo moral, ya por el solo hecho de que la verdad no es para ellos una categoría intrínseca, universal y válida para siempre, sino el resultado de la opinión final de cada respectiva comunidad deliberadora. En el fondo lo que preconizan es la hegemonía de la opinión, una actitud que ya Parménides condenaba en su poema pedagógico como el origen del error. Tampoco es difícil detectar la analogía entre la tesis de los “mejores argumentos” y el principio capitalista de la competitividad más eficaz. Por añadidura, la opinión no surge de un verdadero debate plural y democrático, sino que pasa a ser el producto privilegiado de los estratos que dominan los medios de comunicación de masas y la industria de la cultura, estratos a los que pertenecen en primer lugar las mismas élites cultas que han puesto en marcha el discurso deliberativo.
Ese elitismo explica que la teoría de la democracia deliberativa carezca de un modelo social digno de este nombre y sea una sombra pálida de lo que el pensamiento emancipativo ha aportado en este aspecto. Es asimismo una triste caricatura de la Teoría Crítica de Horkheimer, Adorno y Marcuse. En rigor se trata de una variante del conformismo disfrazada de progresismo verbal. Más que una alternativa al sistema burgués-capitalista vigente, lo acepta y asume como un fenómeno irreversible. Sobre el hambre, la miseria y otros dramas humanos no se delibera, sino que se suprimen.
Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 13-19 de Junio de 2008. nº 374.






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