Subscríbete a
Entradas
Comentarios

Los importantes

Supongo que eso de considerarse importante debe ser un sentimiento maravilloso, de lo contrario no se explicaría el gran número de gente que aspira a serlo. Confieso que nunca he comprendido del todo y menos admirado a quienes, por una razón u otra, no tienen otra meta que la de escalar los puestos más altos de la sociedad y brillar como estrellas fijas en el firmamento de las celebridades. Personalmente doy más valor a la vida interior o a lo que Kant llamaba “formación de carácter”, sin la cual las proezas externas no suelen ser otra cosa que refulgencia superficial y huera, y no pocas veces engaño, fariseísmo y malas artes. Admiro especialmente a quienes consagran su vida a hacer algo útil para sus semejantes sin proclamarlo en voz alta ante un auditorio público, es decir, por vocación y necesidad íntima, no para hacer carrera en un partido o en cualquier otro grupo de presión. Este tipo de alma noble y desinteresada escasea cada vez más, mientras que, a la inversa, se multiplica el número de ambiciosos (falsos ambiciosos) que no tienen otro norte y otra preocupación que la de trepar y convertir su nombre en fetiche mediático y objeto de adoración.

(…)Pero lo primero que hay que aclarar es si los encumbrados y personajes de pro son tan importantes como suelen imaginarse. En la mayoría de los casos creo que no, y si no se dan cuenta de ello es porque viven alejados de la realidad que Unamuno denominaba “intrahistórica”. Lo realmente importante de toda nación, lo que configura y decide en última instancia su destino, es el trabajo silencioso y anónimo que el conjunto de ciudadanos lleva a cabo sin aparecer en los titulares de los periódicos o en las pantallas de televisión. Y, a la inversa, “la casta de los improductivos” -como los llamaba Proudhon-, que no participan en este ejercicio permanente de laboriosidad, sentido del deber y espíritu de sacrificio pero que acaparan los puestos de relumbrón y los aparatos de poder, no son lo importante, sino los secundarios de toda sociedad, aunque pervertidos cada vez más por la “transmutación de todos los valores” anticipada ya por Nietzsche, tendamos a creer lo contrario. La historia universal ha dado pocos hombres de Estado realmente grandes y, por ello, insustituibles, el promedio de ellos han sido o son personajes del montón y sustituibles en todo momento, llámense Felipe González, José María Aznar o Rodríguez Zapatero; lo que nunca puede sustituirse es la inmensa labor callada que el pueblo llano realiza día tras día en las fábricas, en el campo, en alta mar, en las minas, en los hospitales, en los establecimientos de gastronomía y otras ramas de servicios, a menudo a cambio de un jornal miserable o bajo condiciones laborales infrahumanas.

Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 30-5 de Junio de 2008. nº 372.

Trackback URI | Comments RSS

Deja un comentario