La democracia perdida
18 Julio 2008, escrito por ipit
Los ciudadanos del mundo que tenemos la suerte de vivir en sistemas democráticos, hemos perdido el control sobre estos. Y aunque esto no nos llevará a vivir tan mal como la inmensa mayoría de ciudadanos del mundo que viven bajo regímenes autoritarios –al menos a corto plazo-, sí que nos está llevando a que nuestros derechos, los que aparecen en las constituciones, sean retirados por la vía de nuevas leyes, sin que podamos hacer nada o muy poco. Existen multitud de casos, pero me fijaré en los que últimamente he conocido y que me resultan especialmente vergonzosos.
Empezaré por el penoso Parlamento Europeo y el Tratado de Lisboa, antes llamado Constitución Europea. Cuando Francia dijo no a la Constitución ya vaticiné –era fácil acertar- que harían una segunda votación o las que hicieran falta para que saliese el sí; pero la verdad es que el refinamiento en la mentira de la clase política está llegando a niveles de estudio, de estudio publicitario, digo. Renombraron la Constitución a Tratado de Lisboa, y se quitaron de encima el engorroso trámite de preguntarles y, sobre todo, de explicarles a los ciudadanos que significaría eso en sus vidas –Irlanda ha dicho que no, pero no tengo que descubrirles lo que pasará-. El problema fundamental es que si nuestros parlamentos locales están influidos por las grandes empresas y lobbys, el Parlamento Europeo es como su segunda casa, donde habitualmente “aconsejan” a los elementos que allí viven, lo que deben de hacer.
Pronto nos convocarán a elecciones europeas. Ya saben mi opinión: un rotundo 90% de abstención les dejaría sin argumentos para seguir diciendo que los ciudadanos estamos de acuerdo con sus prácticas. También es cierto, que últimamente he pensado que algo así les llevaría a cambiar la ley, para poder elegir a los miembros del Parlamento Europeo desde los parlamentos locales, y quitarse de en medio las elecciones –que un día nos dirán que son muy caras, y es mejor evitarlas-.
Después de lo que les acabo de contar, lo siguiente no les sorprenderá. Y es que el Parlamento Europeo lleva tiempo estudiando la forma de meterle mano a tanta libertad como hay en Internet. Las disculpas pueden ser de muchos tipos, desde los sempiternos derechos de autor –que en realidad lo son de las sgaes que en el mundo hay-, hasta la persecución de la pederastia u otros delitos que se cometen en Internet; igual que en la calle, y a nadie se le ocurre pinchar los teléfonos de todo el que pasee cerca de un colegio, por si acaso –por ahora-. La razón está clara, como bien dice Juan Varela: es el poder, que genera dinero, y es el control de la libertad, que permite la denuncia del poder.
Por último, un caso menos universal, pero que ejemplifica perfectamente lo que sucede cuando los ciudadanos perdemos el control de la clase improductiva, cuando la clase política no tiene que rendir cuentas a quienes les votan: construyen una burocracia inescrutable e inexorable, donde nos enredamos sin encontrar explicación lógica a lo que nos sucede –como bien recreó Kafka en El Proceso-. Hablo del pueblo de Jánovas, en el Pirineo Aragonés, del que fueron desalojados sus vecinos porque el dictador a medias con Iberduero –ahora Endesa- decidieron construir un pantano. El problema es que el pantano nunca se hizo, y 50 años después les dicen a sus pobladores y herederos –por desgracia, más estos últimos- que ya pueden volver. Pero ojo, la compañía eléctrica les pide que les devuelva lo que les dieron por las casas, actualizado. Es algo así como si a alguien que meten en la cárcel por error, le pidieran el dinero de la manutención de los años que pasó en ella. Y lo más sangrante, es que hace 30 años que en este país hay una democracia. ¿30 años les ha costado a los mamones que viven a nuestra costa decidir que no iban a hacer el pantano? Pues sí, 30 años.
Sé que habrá quien diga que siempre fue así, que los poderes fácticos siempre han hecho lo que han querido, pero aunque así fuera, si tenemos una democracia es para evitar estas cosas, y para permitir que los ciudadanos puedan decidir sobre cómo ha de ser su país, y su mundo.
Dejar nuestras democracias a la deriva, nos llevará, no sólo a que no podamos decidir, en lo que ya estamos, sino a la pérdida paulatina de derechos, y además, con todos los parabienes de la legalidad vigente.





