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La paciencia humana

(…)Lo que la sociología entiende generalmente por integración es, en uno de sus aspectos esenciales, el producto de la capacidad del hombre para interiorizar el número mayor o menor de injusticias, desengaños y reveses que a lo largo de su vida tiene que soportar o presenciar. La biografía del individuo medio se ha compuesto generalmente más de renuncia y sacrificio que de plenitud y gratificación, pero ello no ha impedido que haya cumplido con sus deberes laborales y cívicos y engullido sin apenas rechistar las bellaquerías y el cinismo de los políticos y demás estratos dirigentes o el sectarismo de los medios de comunicación. Es cierto que la indignación y el dolor acumulados en su pecho estallan a veces y se convierten en protesta o insurrección abierta, pero lo corriente no es eso, sino ir tragando quina por dentro o maldiciendo entre dientes a los culpables de sus desdichas. Si no fuera así, la humanidad viviría en estado constante de emergencia. Albert Camus consagró una obra -por cierto admirable- para describir al “homme révolté”, pero con mayor razón hubiera podido escribir otro libro con el título de “homme résigné”, máxime cuando con su lucidez habitual no dejó de consignar que la verdadera pasión del siglo XX era la servidumbre. El instinto más profundo del hombre no es el instinto de rebeldía, como creía románticamente el bueno de Bakunin, sino el instinto de resignación.

(…)El sociólogo Gabriel de Tarde dijo a finales del siglo XIX que la praxis humana se compone de imitación y de lo que él llamaba “sonambulismo”. Esta tesis es perfectamente aplicable al individuo supuestamente emancipado de hoy, encarnación superlativa de lo que Nietzsche llamó “animal de rebaño”; Freud, “animal de horda”, y Ortega, “hombre masa”. Por eso seguimos con el pan y circo y la sociedad del espectáculo, mientras que en otras regiones del planeta un niño muere de hambre cada seis segundos. Lo que en términos filosóficos clásicos se llama “conciencia de sí” es lo que siempre menos ha existido.

(…)Eso explica que en vez de luchar contra quienes le humillan, explotan y abusan de él, dedique sus mejores energías a combatir y asfixiar el ansia de felicidad que siempre le devora y que raramente o sólo a medias puede satisfacer. Y si ha obrado así es porque en su naturaleza habita un hambre incontenible de vida, más fuerte que todos los demás factores de su estructura antropológica. De ahí su infinita paciencia para conformarse con lo que la suerte le ha adjudicado, aunque sea muy poco o casi nada, como ocurre no sólo pero especialmente con los parias de la tierra.

Es esta paciencia de la mayor parte de personas lo que hace posible que la injusticia y el mal se reproduzcan una y otra vez, que unos estén debajo y otros arriba y que la historia de la humanidad no haya sido mejor de lo que hubiera podido y debido ser.

Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 27-3 de Julio de 2008. nº 376.

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