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Nuestra triste democracia

Leo a Alfonso Guerra como le reprocha a su compañero de partido, Montilla, por sus posiciones en el tema de la financiación autonómica. Y me da pena. Porque en una democracia real, con un parlamento operativo, el señor Guerra, como otros muchos en su partido, habría votado en contra del invento de la bilateralidad, esa cosa por la que uno es un tipo especial y hay que tratarlo diferente del resto.

En otros países donde la democracia funciona bastante mejor, son normales los votos en contra de decisiones del ejecutivo, aunque pertenezcan al mismo partido. Pero lo que tenemos aquí, cada vez más parecido al antiguo régimen, en cuanto a las esferas de gobierno se refiere –votaciones apañadas antes de realizarse, disciplina férrea en los partidos, propaganda y más propaganda a la población, siempre falsa, etc.-, no permite, ni de casualidad, que un diputado muestre su desacuerdo, o mejor dicho, su acuerdo con los ciudadanos, votando en contra de algo que propone quien gobierna.

El señor Guerra –como Bono, o Ibarra- lleva tiempo diciendo que no le gusta nada como se están llevando el tema de la descentralización en España, pero nunca se ha atrevido a votar en contra en el Congreso. ¿Creé realmente en la democracia? ¿Piensa que la disciplina de partido ha de estar por encima del individuo? –Disciplina que él impuso durante mucho tiempo-. ¿O realmente lo que quiere es un escaño calentito donde jubilarse?

Nuestra triste democracia, donde los debates siempre se hacen fuera del congreso, para evitar sorpresas, sólo atrae a los trileros de la política, a los vendedores de humo, y esto no es un mal divino que tenemos que soportar, es causa de una democracia desmantelada que tiene todos los tics de un sistema autoritario, donde el poder lleva el sentido descendente, en lugar de, como marca nuestra Constitución, desde el pueblo hacia quien gobierna.

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