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Recordando el horror

Siempre que leo los recuerdos de alguien que ha estado en la guerra, en algún momento plantea que lo mejor hubiera sido que les hubieran dado las armas a los políticos, y que entre ellos decidieran el vencedor. Lo dice también Harry Patch, el último veterano de la Primera Guerra Mundial, que ha muerto a los 111 años.

Lo curioso es cómo consiguen los dirigentes de distintas épocas y situaciones, que creamos una y otra vez que es la única solución a los problemas. Y sobre todo, cómo consiguen que hagamos de carne de cañón.

Actualmente las cosas han cambiado un poco. En nuestro primer mundo, a la guerra no se va mediante leva forzosa, aunque sí se va un poco forzado –por las circunstancias económicas-. Y es en los lugares más pobres de la tierra donde todavía arrastran a los jóvenes –y niños- a la muerte.

Siempre recuerdo una entrevista radiofónica que le hacían a una deportista, y en la que la entrevistadora le preguntó simpática y jovial: “pero que hace una atleta como tú yéndose a Bosnia” –pertenecía al ejército de tierra-, y la chica le contestó lacónicamente: “hay que ganarse la vida en algo”. No sé si simplemente no midió bien la pregunta, o esperaba alguna declaración patriótica, pero esta es la realidad actual en la inmensa mayoría de los casos: hay que ganarse la vida.

Volviendo a Harry Patch, después de 100 años, y sólo entonces, decidió contar sus experiencias en la Primera Gran Guerra, la que llamó “asesinato en masa legalizado”. Después, la Segunda Guerra Mundial concluyó con claros derrotados –siempre desde el punto de vista del poder, por supuesto-, y no hubo problema para la conciencia de los vencedores, ya que sólo se vieron las miserias de quienes perdieron –por cierto, mañana es el aniversario del lanzamiento de la primera bomba atómica-. Pero también fue otro asesinato en masa, con el agravante de que marco el inicio de lo que ha sido la práctica en las guerras posteriores: asesinar a la población civil, para hacer claudicar a los políticos.

Patch le dijo en cierta ocasión a Tony Blair, que el 11 de Noviembre era para él un espectáculo –el final de la guerra-, y que el día que perdió a sus compañeros, será el que siempre recordará. Ahora, con su muerte, quienes están en el poder utilizan su cháchara vana para elogiar el valor de la generación que murió en esa guerra, y no hay ningún reconocimiento del grave error de enviar a la muerte a esas personas.

Ahora más que nunca, ahora que la mayoría de los ciudadanos nos hemos librado de morir en una guerra, debemos tener en mente los testimonios de quienes tuvieron que luchar en ellas, para valorar detenidamente, antes de enviar a otros a la muerte.

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