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Rezuma la podredumbre

Se acabó el dinero. Las arcas están vacías. Ni Ayuntamientos, ni Comunidades tienen fondos para abastecer a las mafias creadas a su alrededor. Y todo se derrumba. Quienes forman parte de estos entramados están por dinero, claro; dinero público que manaba de las instituciones. No hay parné, se rompe la baraja.

En los 30 años que han pasado desde que estrenamos Democracia, los partidos políticos –fundamentalmente PSOE y PP- han ido desmontando todos los controles que les estorbaban para poder organizar un estado clientelar, en el que lucrarse, y poder lucrar a quienes, o bien son amigos, o bien necesitan. En los últimos años, cuando el dinero corría a raudales por cuenta de la construcción, estas redes clientelares se han intensificado, hasta el punto de que en cada Ayuntamiento y Comunidad de este país tenemos ejemplos de contratos concedidos irregularmente, asesores de altos cargos con sueldos inmerecidos, o empresas que invariablemente son beneficiadas por el poder. Por supuesto, me refiero a casos que los ciudadanos conocemos –sobre todo a nivel de Ayuntamiento-, no que hayan sido destapados por la Justicia.

Pero ahora la fiesta se ha acabado, porque ya no hay dinero que repartir. Y los casos de corrupción afloran imparables, sin que los poderes públicos pasen más allá de una condena meramente formal, ni tengan intención de atacar la raíz del problema: un sistema político donde no hay responsables políticos.

En todos los casos de corrupción, desde los tiempos de González, el patrón que sigue la clase política es el mismo, negando primero los hechos, admitiendo posteriormente una pequeña parte, y dejando, al final, que la Justicia sea la que dictamine. La Justicia, la pobre –hablando de España, no es sólo retórica-, hace lo que puede, y tras interminables procesos repletos de obstáculos, casi nunca llegan a nada. Sin ir más lejos, hace unos días nos desayunamos con la intención de Los Albertos de demandar al Estado; así estamos.

Esta inmensa podredumbre en la que está sumido el sistema, puede traer algo peor, y es que en muchos lugares, para evitar que salgan a la luz las prácticas caciquiles, destinen el poco dinero disponible a seguir manteniendo las redes clientelares, en lugar de a los servicios básicos que necesitan los ciudadanos.

El remedio es claro, rehacer el sistema político, una segunda transición que nos lleve a una Democracia, en el peor de los casos, como la que estrenamos en el 78. Pero son tiempos difíciles, la clase política –más improductiva que nunca- estará muy presionada por sus compañeros de viaje de los últimos años, “paga o canto”.

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