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Es la práctica habitual

No sé si el señor López Garrido habrá cometido un delito o no, aunque no lo creo, en lo que conozco la vida pública de este señor –un profesional de la política, que se las sabe todas-, pero en cualquier caso, no deja de asombrarme la desvergüenza con la que la clase política en España maneja los asuntos públicos, o lo que es lo mismo, el dinero de los ciudadanos.

Se dan dos hechos en este caso en cuestión, de esos que podríamos llamar “typical spanish”. En primer lugar, este señor está en una organización (Fundación Alternativas) y al momento de renunciar como patrono de la misma, pasa a ser encargado de dar subvenciones a ese tipo de organizaciones, y claro, cosas de la vida, a esa fundación le caen subvenciones. Un caso parecido al de la Sinde.

¿A alguien le parece normal ser un miembro destacado de una organización y, al día siguiente, darle dinero público –a dedazo- desde un cargo político –a dedazo también-? Pues a ellos sí; a nuestros políticos les parece normal, porque todo lo hacen por nuestro bien.

Con ser esto increíble, con lo que tiene de esperpento que los cargos públicos suelten dinero de todos los ciudadanos a sus amigos, la segunda parte todavía me parece más vergonzosa.

El invento de las fundaciones, ese instrumento que están utilizando los partidos políticos para obtener aun más fondos públicos de los que ya tienen. No contentos con el dineral que se llevan directamente de los presupuestos, montan una fundación y con ella optan a subvenciones del estado. Sí, como lo oyen, ellos mismos desde el poder se dan subvenciones.

Una simple búsqueda en el BOE nos indica como el señor Garrido, sin ir más lejos, le soltó 10.000€ a la Fundación Pablo Iglesias (BOE de 14/05/2009) o como convocan “subvenciones para fundaciones y asociaciones dependientes de partidos políticos con representación estatal”; sin rubor alguno, ¡para qué! –no debería haber realizado este ejercicio, porque resulta lacerante ver la cantidad de dinero público que se va a financiar todo tipo de iniciativas imaginativas-. Y es que, como decía aquel, “detrás de una subvención, siempre hay una corrupción”; bueno, quizá no siempre, pero casi.

A cuenta de los casos de corrupción que están brotando por diferentes partes de nuestra geografía, alguien proponía que se destierre el “dedo” de los contratos con las administraciones públicas, pero es que en las subvenciones, sobre todo si son jugosas, el sistema dactilar todavía es mucho más evidente, y vergonzoso.

Y en cuanto a que estén o no dentro de la legalidad todas estas acciones, incluida la de López Garrido, como entenderán, me trae sin cuidado –si le puede dar dinero a la Fundación Pablo Iglesias, porque va a ser delito dársela a la otra-. Muy tontos tendrían que ser, para llevar 30 años haciendo las leyes a la medida de sus necesidades, y que encima se las salten -bien, a veces lo hacen, pero es que no les da tiempo a practicar los ajustes legales, porque la avaricia empuja mucho-.

El problema no es que sean ilegales las subvenciones, el verdadero problema es que nuestra clase política se crea con el derecho de dar dinero a sus chiringuitos, que no les produzca la más mínima vergüenza coger dinero público para dáselo a sus amigos. El problema, el gravísimo problema es que nuestra clase política cree que esto es la Democracia.

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