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Mala conciencia

Hay un fenómeno que se produce cada vez con más frecuencia entre nuestra clase política y que me resulta vergonzoso: las declaraciones que realizan después de dejar un cargo, contrarias a lo que decían cuando estaban en el. Muestran dos problemas muy graves que confirman mi teoría de que en España uno se dedica a la política por interés personal y no público: por un lado, la dictadura de los partidos políticos, que no permiten la mínima discrepancia -desde aquél “el que se mueva no sale en la foto” de Guerra-; por otro, la impostura de permanecer en el cargo aún sabiendo que no podrán realizar su trabajo.

El ejercicio de la política no puede tomarse como un empleo normal. Al cargo político hay que llegar con ideas para solucionar los problemas, y si no puedes ponerlas en práctica, porque tu jefe no te deja –también cargo político-, te vuelves a tu anterior empleo –si lo has tenido, claro-.

Como sabemos, la clase política llega al cargo con una idea completamente distinta, motivada, sin duda, por los privilegios que obtienen en el desempeño del mismo. Así sucede que al dejar el puesto, nos empiezan a “informar” del completo desastre que son los partidos políticos, de que no le dejaron hacer lo que él quería, e incluso, como dijo recientemente César Antonio Molina, que la clase política tiende a buscar un “político profesional sin formación, sin experiencia, acomplejado”. Por si había dudas.

En la misma entrevista, el señor Molina da la clave del enorme problema político que tiene España que, evidentemente, afecta a nuestra vida cotidiana –como estamos comprobando en esta crisis-: “No pueden protagonizar la política personas que no han hecho otra cosa en la vida más que dedicarse a ella, vivir de ella y estar aterrorizados porque no saben de dónde vienen ni a dónde van”.

Me gustaría hacerle, eso sí, una pequeña matización, y es que sí saben dónde van, ya que al pasar por un cargo, el partido le asegura colocación, si no de por vida, por muchos años. Y otra cosa, dice que el presidente le destituye por “la paridad y el glamour”. No, señor Molina, esa es una visión un tanto benévola del presidente: nombra a González-Sinde para que ponga en marcha la ley que le encargaron las sociedades de gestión de derechos de autor. Y está empeñado en seguir en el cargo, entre otras razones, porque tiene que sacar adelante esa modificación del código actual –para que puedan cerrar una web sin pasar por un juez-. Lo que sucede es que está incluida en la Ley de Economía Sostenible, que ya se ha quedado muy antigua, y primero tiene que rehacer esta Ley para llevarla adelante.

Si quienes entran en política tuvieran el menor sentido de estado, si pensaran en el bien general, una de dos, o denunciarían lo que está mal cuando ejercen sus funciones con el fin de cambiarlo –como lo hizo hace años Alonso Puerta, en el único caso que se ha dado-, o se irían del cargo. Lo demás son justificaciones tardías por la mala conciencia.

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