Deconstruyendo España
25 julio 2010, escrito por ipit
Hace aproximadamente 30 años que nuestro país empezó una nueva etapa en la que todos teníamos mucha ilusión, esperanzados en que España llegase a ser un país más de Europa. Que formase parte del club de los importantes, de esos con mejor nivel de vida. Era una tarea dura, complicada, pero a ella nos pusimos con más entusiasmo que ideas. Gracias a cantidades ingentes de ayuda económica que vino de Europa, conseguimos mejorar algunas cosas, pero claro, el dinero no lo consigue todo – y no todo se aprovechó bien-, y empezaron a fallar los fundamentos de nuestro recién nacido sistema político, clave en el desarrollo de un país moderno.
Para empezar, por alguna extraña razón, nos creímos expertos conocedores de la Democracia, como si hubiera sido una constante en nuestra historia y, como diría un amigo mío aragonés, los periodos de libertad política han durado lo justo “como para ganar una apuesta”. Un país como el nuestro, que debería haber desarrollado con sumo cuidado un modo de gobernar que desconocíamos absolutamente, se dedicó a aplicar las mismas recetas del franquismo pero, eso sí, utilizando profusamente la palabra Democracia. Así, al ciudadano sólo se le necesitaba para llenar plazas y polideportivos, y pedirle el voto; después, ignorarlo durante los siguientes 4 años. En el parlamento se escenificaban las diferencias, pero en los rincones oscuros de los despachos se acordaban cambios profundos que nos alejaban de las prácticas democráticas, de tal forma, que los ciudadanos íbamos viendo cómo cambiaban las circunstancias políticas, sin saber por qué, ni poder participar en nada.
Y rara vez, cuando algo se lleva mal, termina bien. Lo que al principio producía cierta vergüenza a la clase política, como promesas incumplidas o giros copernicanos, hoy es el pan de cada día, sin ningún rubor; peor, hoy después de hacernos tragar una mentira, nos lo explican, que es el colmo de la desvergüenza. El parlamento es un teatrillo para escenificar operetas que nada tienen que ver con la realidad, porque los acuerdos se hacen, hoy más que nunca, a escondidas. Los parlamentarios, zombis que votan y jalean lo que manda el jefe. Y las instituciones que deben fundamentar una Democracia, desprestigiadas y utilizadas como arma política.
Las autonomías, máquinas de gastar sin control, que continúan, en conexión directa con el antiguo régimen, la tradición del enchufe al familiar o al amigo. Toda competencia que han adquirido, ha empeorado en el servicio al ciudadano y para los profesionales que trabajan en esas administraciones, sin contar lo que nos espera, porque ahora están literalmente quebradas. Bueno, puede que nos digan que no lo están, pero será porque se queden con el dinero de los ayuntamientos, con lo que estarán en quiebra ellos.
Y al final, lo que nos interesaba cuando empezamos este camino, que las condiciones de vida de los españoles se asemejasen a las de los países europeos que queríamos imitar, un sueño todavía lejano. Ni el gasto social, ni las condiciones laborales, ni la vivienda, ni el sistema político, ni…
Parece que la clase política ha aplicado las nuevas técnicas culinarias, deconstruyendo España, en algo que nos recuerda lo que fue –o quiso ser-, pero que nos deja con mal gesto: en una esquinita del plato una crema de parlamento con reducción de constitucional; ocupando el centro, milhojas de nacionalidades con mousse clientelista en dos texturas; y en la otra esquinita, espuma de anhelos y resignación roja y gualda.










Bueno, bueno… No te quejes, tenemos la “familia” puesta a dedo por Franco y mientras se reproducen como conejos, siguen sin preguntarnos si deben seguir chupando del bote.
Te acabo de conocer y ya me gustas
Salud y República
Bienvenido a este rinconcito, Voltaire-Vigo.
Pues no, no nos lo van a preguntar. Esa es la clave: sólo nos dejan cada cuatro años elegir el mal menor; el resto de temas importantes los decide la clase política…por nuestro bien, claro.