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Luces fuera

Siempre he dicho que si los ciudadanos nos pusiéramos de acuerdo en medidas de presión coordinadas, seríamos muchísimo más poderosos y nos escucharían mucho más. Por ejemplo, ante las tarifas de móvil, apagón de móviles una semana; a más de un directivo le daba un patatús.

Hoy tenemos una oportunidad. La Confederación Estatal de Asociaciones Vecinales (CEAV) ha convocado para hoy un apagón a las diez de la noche (22:00) durante 5 minutos, para protestar por la tarifa de la luz. El aviso va para las eléctricas, y para el gobierno, ya que ambos están subiendo las tarifas en el peor momento, cuando más daño hace.

Así que animo a todo el mundo a sumarse al apagón esta noche. Y recordar, hay que desconectar el diferencial de la vivienda, para que se os oiga. Ánimo.

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Nosotros pagamos

Como sabemos, antes se pilla al mentiroso que al cojo, y pillar a nuestra clase política en una impostura es tan fácil como habitual. Aún así, no puedo dejar de comentar la última desfachatez que he conocido del núcleo duro del establishment –PP y PSOE siempre se ponen de acuerdo en estos temas-.

Quienes proclaman que nos están salvando con la continua degradación de nuestra calidad de vida, están intentando cuadrar las cuentas que ellos descuadraron. Y desde los sueldos de los funcionarios hasta el último disparate de rebajarnos un 20% la pensión, todos los sacrificios los hacemos nosotros, los paganos.

Pues bien, en el colmo de la desvergüenza, han decidido aumentarse las subvenciones a ellos mismos, es decir, a los partidos políticos. Año electoral, hay que gastar mucho en propaganda, saturarnos con sus estupideces mientras siguen recortando en sanidad y educación.

Ya lo he comentado alguna vez, pero no viene mal recordar que entre PP y PSOE tienen una deuda con los bancos de más de 80 millones de euros –a 2006, que es el último informe del Tribunal de Cuentas-, deuda que, al contrario que el resto de mortales, no pagan. ¿A qué ahora se explican más de una cosa?

Este año tenemos de nuevo la oportunidad de mandarlos a ganarse la vida honradamente, no votándoles. Ojalá lo hagamos, ojalá les digamos, de la única manera que nos dejan, que no se van a reír más de nosotros. Ojalá.

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Huelen las elecciones

Sabíamos que llegaría este momento, que al desastre general del país, se sumaría el estado de precampaña, primero de las elecciones locales y autonómicas, y cuando pasen estas, las generales. Si normalmente la clase política española es bastante incompetente, cuando llega este momento, además, alcanzan un nivel de populismo insoportable en cualquier caso, y en la situación actual, ofensivo.

Los dos partidos que se reparten el poder en la mayor parte del país se dedican a prometer lo que no hicieron mientras gobernaban, y lo que no harán cuando lleguen al poder –sobradamente lo han demostrado ambos-. En otras elecciones también compraban voluntades con dinero público, pero en esta ocasión no creo que tengan de donde sacar. Saben que se repartirán el país, más o menos, a medias, por lo que tampoco les preocupa demasiado el enfrentamiento –bueno, en esta ocasión al PSOE un poco más, porque la sangría parece que será mayor-.

La desvergüenza ha empezado ya. En tres ocasiones ha presentado Rosa Díez la iniciativa de eliminar los privilegios de la clase política respecto a las pensiones y en todas, tanto PP como PSOE, han rechazado a bloque la propuesta. Pues bien, ahora que ambos huelen las elecciones se lanzan a prometer que quitarán esos privilegios; después, claro, con calma.

Curiosamente, yo que soy un riojano afincado en Asturias, todavía estoy esperando la promesa de eliminar los peajes en las autopistas de ambas regiones. Y, probablemente, no sería ahora el mejor momento para hacerlo, pero ¿por qué al político que promete y no cumple no le pasa nada? Sé que dignidad no tienen para autoexcluirse de la política por no haber conseguido lo que prometieron, pero estaría bien que se produjera algún tipo de castigo por ello –en este caso parece que se producirá, porque en ambas regiones fue Zapatero-.

Para mentir y aburrirnos hasta la extenuación, mucho mejor nos ahorramos la campaña electoral; no ya por motivos económicos, simplemente para no perder el tiempo. Sólo los partidos minoritarios presentan sus propuestas en las campañas electorales y, para vergüenza de los medios de comunicación que están protestando con la boca pequeña, el gobierno quiere sacar adelante una ley con la que obligará a las televisiones privadas a dar la información electoral en la proporción de los votos obtenidos en la anterior elección –la propuesta es de PSOE, PP, CiU y PNV-. Esto, que es incomprensible en las televisiones públicas porque da ventaja a unos partidos sobre otros, como si fuera un mérito para presentarse a unas elecciones haber tenido votos en las anteriores, ahora será obligado en todas. En fin, una vuelta más en el todo está “atado y bien atado” de Franco.

Preparémonos para el asco continuo que nos producirá la mezquindad de estos personajes que, a la vez que nos amargan la existencia, nos prometerán la salvación en sus manos.

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Fin de año, fin de ciclo

Arrastrándose penosamente este gobierno hasta su fin, está cometiendo la mayor cantidad de barbaridades que hasta ahora había perpetrado la clase política en España. En un afán por sobrevivir como sea, ataca, mediante leyes y decretos alocados, el bienestar de casi todos los ciudadanos españoles.

La lista es muy larga y amarga, pero como anécdota –con categoría-, la práctica legislativa que están utilizando por costumbre estos amantes de la Democracia –a su medida, claro-: meter modificaciones legales de leyes en funcionamiento, en otras que nada tienen que ver –al final del vídeo-, con el fin de eludir el debate público de temas espinosos. Ya ven, hoy en día la “luz y taquígrafos” en las sesiones del Congreso sólo sirven para registrar los debates estúpidos, las peleas de gallos; lo importante, lo que afecta realmente a nuestras vidas, a escondidas.

Cuando ganó las últimas elecciones el PSOE escribí que no entendía como se votaba a un tipo que estaba mintiéndonos sobre la crisis económica que se venía encima, porque no era la persona adecuada para gestionar el problema. Deducía que la razón era que la izquierda tenía ganas de salir a la calle. Pues bien, aunque se ha salido poco a la calle para lo que nos han hecho, me quedé muy corto. No imaginaba el enorme desastre que el gobierno iba a producir en el país.

Ahora, por desgracia, cuando ya no hay remedio –buenos remedios, me refiero-, se vienen encima de nuestras cabezas todas las malas decisiones tomadas en el Palacio de La Moncloa: desde la política energética, que ahora intentar remendar cuando los precios suben en el peor momento, hasta las continuas políticas de gasto improductivo que han dejado sin dinero las arcas públicas.

No hace falta perder tiempo en explicar la habilidad de la clase política en ponerse de perfil cuando las cosas van mal. Que si los mercados, que si el sistema capitalista, todo el mundo tiene culpa en el desastre menos ellos. Absolutamente falso: las leyes que ellos hacen son las que marcan los límites. El problema está en que esas leyes tienen los límites muy claros para el ciudadano de a pie, y muy poco claros para las grandes corporaciones. ¿A qué viene ahora salir llorando diciéndonos que con la globalización no tienen capacidad de decidir? Entonces, ¿para qué los necesitamos?

Lo que necesitamos son políticos que asuman su responsabilidad, con sentido de estado, que no afirmen hoy algo y mañana lo contrario, pensando sólo en sus intereses y los de su partido. Difícil, muy difícil en nuestro país.

Nos espera un año muy complicado, y si no estamos dispuestos a defendernos, quienes gobiernan tomarán siempre el camino fácil, es decir, las medidas que no implican grandes cambios en las estructuras del sistema –que son las que necesitamos-, como las que han tomado hasta ahora.

Como inmensa metáfora de lo que nos espera, el día de los inocentes la cadena CNN+ dejó de emitir y, en el mismo instante en que eso sucedió, el canal en la TDT pasó de CNN+ 24h a Gran Hermano 24h –el vídeo enlazado arriba era de CNN-.

Menos información y más circo. Feliz año a todos.

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Regenerar el sistema

Nuestra democracia moribunda necesita un respiro antes de llegar a un punto de no retorno. La clase política, cada vez más enfrascada en sus luchas de poder, no se preocupa por el deterioro del sistema político y sus instituciones. Sumémosle a este panorama habitual que se avecinan cambios en los despachos del poder para las próximas elecciones, y tenemos poca esperanza de que las cosas cambien.

Sólo hay un partido político, y un político en activo, es decir, que puede ser elegido, que pide los cambios que, a mi modo de ver, necesita España: UPyD y Rosa Díez. Hay más políticos que están de acuerdo en los problemas clave, pero siempre lo dicen una vez que han dejado la política activa, cuando ya están en la reserva. Entonces sí, cuando ya no pueden hacer nada para cambiar las cosas –tal vez, no pudieron nunca-, es cuando dicen aquello de que los partidos no son democráticos, que el sistema electoral no es justo, o que la financiación autonómica se nos ha ido de mano.

Escuché hace unos días una entrevista a Rosa Díez de la que quiero destacar un par de ideas.

“No vamos a estar en ningún gobierno que no podamos formar”

Esto es clave, porque ha sido la tumba de IU. El problema de IU durante estos años de decadencia es que a cambio de un carguito en un gobierno, ha entregado sus votos. Como consecuencia, terminaba haciendo lo que no quería hacer, es decir, lo que el PSOE quería, y los votantes han pensando que para eso, mejor votar al PSOE.

Si UPyD tiene la posibilidad de mantener gobiernos regionales y no consiguen comprarlos con un cargo, muy duro para un partido que está empezando y necesita dinero, habrá dado un paso muy importante para ganar la confianza de los votantes.

“Son iguales en la táctica y en la estrategia. Y lo que quieren es mantener el statu quo, que no cambie nada. Porque dicen, ya me tocará, si no me toca ahora, me tocará dentro de cuatro años; y si no me toca aquí, ya me tocará en otro sitio”

En los años que llevo interesado por la política de este país, jamás había oído a un político en ejercicio, decir las cosas tan claras. Sé que hay gente que dice que esto es una táctica para ganar; no lo creo, pero en cualquier caso, si es un discurso ganador, ¿por qué no lo toman PP y PSOE?

Creo que es un discurso absolutamente nuevo y difícil, muy difícil, porque al día siguiente de las elecciones, si tienen el número de electos suficiente, vamos a saber si es verdadero o falso.

“¿La función de UPyD entonces sería higienizar el sistema? Pues sí, eso es regenerar la Democracia. Pero no para que nos vaya mejor a nosotros, sino porque hay más del 50% de los ciudadanos que han dicho se acabó”

Y eso es lo que más necesitamos en España. Cuanto más nos distanciemos de la política, cuanto más entonemos la cantinela “eso son cosas de políticos”, peor nos irá, porque la clase política tendrá más libertad para hacer lo que quiera. Y cuando las cosas van muy mal, como ahora, si hay que hacer sacrificios, los hacemos nosotros. ¿Han notado que se sientan responsables por el estado de las cosas? Ni por asomo.

Se nos van acabando las oportunidades para que llegue al poder alguien con ganas de regenerar nuestro sistema político. El bipartidismo asfixiante está consiguiendo echar del sistema a quien le impida su disfrute del poder. La consecuencia es evidente, malfuncionamiento de las instituciones y corrupción. No deberíamos esperar mucho más para decidirnos a hacer algo.

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La lógica terrorista

En los últimos años los españoles sufrimos agresiones de todo tipo de colectivos que, casi siempre al margen de la ley, pagan sus frustraciones diversas en nuestras carnes. Normalmente, el gobierno de turno mira el panorama y poco más. Y nosotros, los ciudadanos de a pie, padecemos perplejos la lógica terrorista.

Esta forma de actuar del terrorismo se basa en la idea de que, atacando a los ciudadanos cambiarán la forma de actuar del poder. En realidad, es una actitud cobarde, que simplemente recurre al camino más fácil, porque ir contra el poderoso es mucho más complicado.

Por desgracia, como decía, cada vez más colectivos que quieren conseguir un cambio de posición en el gobierno, actúan con la lógica terrorista. Digo que es el gobierno el objetivo de su protesta, porque en una empresa, cuando los trabajadores quieren unas mejores condiciones de trabajo, simplemente hacen huelga. Pero cuando el objetivo es el gobierno, es cuando los perjudicados son los ciudadanos.

Por no hacer demasiada historia, me referiré a los últimos casos que hemos vivido. Los mineros son víctimas de los empresarios que quieren que el gobierno siga subvencionando el carbón nacional, y deciden no pagar las nóminas. No van a La Moncloa a pedir ese dinero; no, van a lo fácil. Curiosamente, saltándose la ley sin que nadie los lleve ante un tribunal, que sería lo justo. Por otro lado, los ciudadanos somos víctimas de los mineros que quieren que se les pague, y también, que se siga subvencionando el carbón, porque estos cortan las carreteras un día sí y otro también, de nuevo infringiendo la ley sin que nada suceda. Los mineros además, se me ocurre que tendrían dos posibilidades, cortarle la carretera de su casa a los empresarios de las empresas mineras, o mejor aún, cortar la carretera que va a La Moncloa, para conseguir sus objetivos -les aseguro que llenarían más informativos que ahora-. Pero no, van a lo fácil –y sin riesgo- que es fastidiar al ciudadano que no puede sino esperar con paciencia horas y horas tirado en una carretera.

El otro episodio reciente, como imaginarán, es la huelga general. Y de nuevo vemos como se toman de rehenes a los ciudadanos, por ser la presa fácil. ¿Si el objetivo era hacer cambiar de opinión al presidente del gobierno, por qué no fueron a poner silicona en las cerraduras de La Moncloa? ¿Por qué no impidieron que circulasen coches en los ministerios o, como digo, en el Palacio de La Moncloa?; probablemente hubieran tenido muchísimos más seguidores. Así que vuelve a aparecer la lógica terrorista, y le rompen la cerradura al de la tienda de barrio, al peluquero o al del bar, no porque tengan culpa de nada ni puedan hacer algo para que el poder cambie de opinión, si no porque es el débil. Y porque además, si fastidias a estos da igual que rompas, amenaces o coacciones, porque nadie te va a detener, es decir, es divertido y sale gratis. La falacia es la misma que utilizan los grupos terroristas: si todos se paran –no pueden trabajar-, cambiaremos la política del gobierno.

He de decir también, que el único colectivo que últimamente ha reivindicado sus mejoras laborales sin fastidiar al ciudadano, ha sido la Guardia Civil. Conste.

Uno echa de menos cuando las protestas y las revoluciones se dirigían hacia quien tenía el poder. Claro, el problema creo yo, es que entonces querían cambiar las cosas, buscaban el bien común; pero ahora no quieren cambiar nada, ahora sólo pretenden asegurarse los privilegios. Así que, mientras los gobiernos no hagan cumplir la ley –y no lo harán-, no veo solución, salvo que un día, a los ciudadanos indefensos, a los que aguantan sin rechistar, se les acabe la paciencia.

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Un mundo caníbal

“Un niño que muere de hambre hoy en día, es un crimen contra la Humanidad”. Así de claro y contundente se muestra Jean Ziegler en la presentación de su nuevo libro El odio a occidente. La desigualdad entre las distintas zonas del planeta es vergonzosa, y no parece que pongamos solución. Los Objetivos del Milenio están prácticamente perdidos, pero como bien dice Jean, porque desde el primer mundo se inundan los países más pobres con mercancía subvencionada, arruinando su comercio.

No se arregla el problema mandando dinero al tercer mundo –a sus gobernantes-, como pide el secretario de Naciones Unidas; se arreglaría cambiando la forma de comerciar con esos países, algo que en el primer mundo no queremos porque muchas de nuestras mercancías no se venderían –fundamentalmente productos agrícolas-.

Jean Ziegler, sigue lúcido y luchador por lo que cree justo, aunque parezca tan difícil de conseguir. Y como siempre, no tiene reparos en decir lo que piensa.

Creo, he de decir, que hay en la conversación un enorme error por parte de Jean, disculpable en él, pero no en sus dos acompañantes. Jean dice que España es una gran Democracia, y remarca, con separación de poderes. Ni un segundo deberían haber tardado sus contertulios en explicarle que si de una cosa adolece la democracia española es de la separación de poderes. No la hay; y de ahí vienen muchos de nuestros males.

También dice Jean que nuestro gobierno, y el resto de los del primer mundo, no pueden cambiar sus políticas comerciales porque las grandes multinacionales no les dejarían y, sinceramente, no lo tengo muy claro: hace poco se ha condonado la deuda a Haití y no ha habido ningún problema.

Para cambiar esta manera de actuar del primer mundo hacen falta dos cosas: que los ciudadanos de estos países lo queramos, y que tengamos el poder para hacerlo. Si ambas se cumplen, no habrá multinacional ni banco que pueda oponerse. Al final su beneficio se basa en sus clientes, que somos nosotros.

Para cambiar nuestro mundo es necesario que, quienes vivimos en las zonas ricas, estemos dispuestos a perder las ventajas comerciales que ahora tenemos –dumping de precios con los más pobres-; y después, que vivamos en Democracias en las que el poder, realmente, emane del pueblo.

Es la falta de Democracia, la pérdida de poder de los ciudadanos, lo que hace que el mundo sea como es. El poder lo ejercen los poderes fácticos porque, al igual que cuando no había libertad, quienes gobiernan se dejan comprar fácilmente por un futuro de seguridad para ellos -ambición y codicia-, y sólo para ellos.

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Transparencia

A mediados de agosto salto a los medios la noticia de que el gobierno iba a aprobar la Ley de Transparencia y Acceso de los Ciudadanos a la Información Pública; bueno, en realidad, más que a los medios, se filtro el documento a El País –esto lo que entiende la clase política por Democracia-. Esta ley es consecuencia del Convenio del Consejo de Europa para el Acceso a Documentos Oficiales, y España, como no, es el último país europeo que la pone en marcha.

Leía los comentarios sobre la importancia de la ley y lo que iba a aportar a nuestro país, y no terminaba de creerme nada. Y es que, la transparencia en la acción de gobierno no es sólo una cuestión de leyes, sino, sobre todo, una actitud de la clase política. Y la nuestra, la autóctona española, va por caminos muy distintos.

En los últimos días del Felipismo, hubo una enorme polémica por el espionaje de los servicios secretos del estado, y el PP en la oposición se hartó de decir que si ganaba las elecciones, sacaría a la luz los papeles que explicaban esas operaciones –los papeles del CESID-. Pues bien, nunca lo hizo: llegó al poder y todo se olvidó. Recuerdo como Antonio Herrero abría todos los días su programa con las palabras de Álvarez Cascos diciendo que se les caería la cara de vergüenza si cuando llegarán al poder no desclasificaban como reservados los papeles del CESID; por desgracia, no se les cayó la cara.

Pues bien, parece que de momento no hay ley que permita a los ciudadanos acceder a la información pública. Pero es igual, aunque se llegue a aprobar, ni Comunidades Autónomas, ni Ayuntamientos, que en España son pequeños reinos gobernados por sus reyezuelos, darán la información, por ejemplo de sus contratos, a una simple petición de un ciudadano –no la dan ni a los jueces-.

Para que eso cambie, es imprescindible una reforma profunda en nuestro sistema político, con la que la clase política tenga la obligación de responder por sus incompetencias e incumplimientos. Ahora no sienten esa obligación, por lo que negar la información no acarrea consecuencias. Qué les importa saltarse una ley más.

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Iniciativa popular

Desde hace muchos años aspiro a que algún día la forma de gobierno de mi país –y del resto del mundo- sea la Democracia directa, en contraposición con la Democracia representativa. Por eso, ante la iniciativa popular que se ha producido en Cataluña y que ha llevado a la prohibición de las corridas de toros en esa región, tengo sentimientos encontrados.

Por un lado, que una iniciativa popular se haya convertido en Ley es muy gratificante, porque indica claramente, que aún en la precariedad de nuestro sistema político, si nos organizamos podemos conseguir muchas más cosas de lo que creemos. Habitualmente nos decimos que conseguir que llegue al parlamento una propuesta popular es impensable, y tiramos la toalla antes de empezar. Pues bien, en este caso se ha demostrado que es factible.

La otra parte es la clase política, que en este caso ha permitido que la propuesta sea siquiera discutida en el parlamento por motivos espurios. Un comienzo prometedor como es la iniciativa popular, se echa a perder cuando la votación final no la hace la sociedad, todos los ciudadanos catalanes, sino un parlamento que, como digo, vota en función de sus intereses que nada tienen que ver con los de la ciudadanía –esto es cada vez más evidente incluso para los más recalcitrantes-.

Quienes pueblan los parlamentos en España no representan a los ciudadanos, por mucho que nos quieran convencer con buenas palabras y falsedades. Cercano tenemos un claro ejemplo, ¿alguien puede creer que la solución para reducir el gasto público hubiera empezado por la rebaja del 5% de los sueldos si lo hubiera decidido la ciudadanía? Así las cosas, entiendo que quienes presentaron la propuesta estén encantados con el resultado de la votación, pero no podemos decir que eso es lo que desean los catalanes.

El futuro de las Democracias pasa por mejorar estos mecanismos de participación ciudadana. Permitiendo que la propuesta de iniciativas y el apoyo de las mismas sea mucho más sencillo que actualmente –la tecnología lo permite-, lo que propiciará que los apoyos sean mucho más numerosos, cuando los ciudadanos lo consideren oportuno. Y lo más importante, que sean esos mismos ciudadanos quienes voten las propuestas, sin intermediarios que, claramente, han fracasado en su cometido –la crisis económica lo ha mostrado con cruda evidencia-.

Siempre hay quien dice que la población no está preparada para tomar estas decisiones, y mi respuesta siempre es la misma: como a los niños, si queremos que alguien sea responsable hay que darle responsabilidades. Sin duda será un proceso que llevará tiempo, pero si siempre tenemos un estado paternal que decide por nosotros –pobrecitos, no saben-, nunca seremos capaces de decidir.

Vuelvo a recordar aquellas palabras de Fernando Fernán Gómez: Ahora podemos vivir sin brujos, dentro de unos años sabremos hacerlo sin políticos. Amén.

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Deconstruyendo España

Hace aproximadamente 30 años que nuestro país empezó una nueva etapa en la que todos teníamos mucha ilusión, esperanzados en que España llegase a ser un país más de Europa. Que formase parte del club de los importantes, de esos con mejor nivel de vida. Era una tarea dura, complicada, pero a ella nos pusimos con más entusiasmo que ideas. Gracias a cantidades ingentes de ayuda económica que vino de Europa, conseguimos mejorar algunas cosas, pero claro, el dinero no lo consigue todo – y no todo se aprovechó bien-, y empezaron a fallar los fundamentos de nuestro recién nacido sistema político, clave en el desarrollo de un país moderno.

Para empezar, por alguna extraña razón, nos creímos expertos conocedores de la Democracia, como si hubiera sido una constante en nuestra historia y, como diría un amigo mío aragonés, los periodos de libertad política han durado lo justo “como para ganar una apuesta”. Un país como el nuestro, que debería haber desarrollado con sumo cuidado un modo de gobernar que desconocíamos absolutamente, se dedicó a aplicar las mismas recetas del franquismo pero, eso sí, utilizando profusamente la palabra Democracia. Así, al ciudadano sólo se le necesitaba para llenar plazas y polideportivos, y pedirle el voto; después, ignorarlo durante los siguientes 4 años. En el parlamento se escenificaban las diferencias, pero en los rincones oscuros de los despachos se acordaban cambios profundos que nos alejaban de las prácticas democráticas, de tal forma, que los ciudadanos íbamos viendo cómo cambiaban las circunstancias políticas, sin saber por qué, ni poder participar en nada.

Y rara vez, cuando algo se lleva mal, termina bien. Lo que al principio producía cierta vergüenza a la clase política, como promesas incumplidas o giros copernicanos, hoy es el pan de cada día, sin ningún rubor; peor, hoy después de hacernos tragar una mentira, nos lo explican, que es el colmo de la desvergüenza. El parlamento es un teatrillo para escenificar operetas que nada tienen que ver con la realidad, porque los acuerdos se hacen, hoy más que nunca, a escondidas. Los parlamentarios, zombis que votan y jalean lo que manda el jefe. Y las instituciones que deben fundamentar una Democracia, desprestigiadas y utilizadas como arma política.

Las autonomías, máquinas de gastar sin control, que continúan, en conexión directa con el antiguo régimen, la tradición del enchufe al familiar o al amigo. Toda competencia que han adquirido, ha empeorado en el servicio al ciudadano y para los profesionales que trabajan en esas administraciones, sin contar lo que nos espera, porque ahora están literalmente quebradas. Bueno, puede que nos digan que no lo están, pero será porque se queden con el dinero de los ayuntamientos, con lo que estarán en quiebra ellos.

Y al final, lo que nos interesaba cuando empezamos este camino, que las condiciones de vida de los españoles se asemejasen a las de los países europeos que queríamos imitar, un sueño todavía lejano. Ni el gasto social, ni las condiciones laborales, ni la vivienda, ni el sistema político, ni…

Parece que la clase política ha aplicado las nuevas técnicas culinarias, deconstruyendo España, en algo que nos recuerda lo que fue –o quiso ser-, pero que nos deja con mal gesto: en una esquinita del plato una crema de parlamento con reducción de constitucional; ocupando el centro, milhojas de nacionalidades con mousse clientelista en dos texturas; y en la otra esquinita, espuma de anhelos y resignación roja y gualda.

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