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Decadencia institucional

He comentado alguna vez, que una de las graves perversiones a que nos está llevando el sistema político que padecemos, es la auto obligación que tiene la clase política a planificar sus proyectos a corto plazo, es decir, para que los resultados se vean en las próximas elecciones.

El caso de Eduardo Moreno creo que es un ejemplo de esto. No puedo imaginar que quienes deciden qué proyectos recibirán ayuda económica, no sepan advertir la valía de lo que se les propone. Más bien pienso que estas personas saben que su “evaluador político” no dará paso a una investigación larga y que no pueda airear como un logro mediático. Una labor de investigación fructífera para un país ha de ser lo contrario: callada, constante y a largo plazo.

El bueno de Eduardo comenta, que no entiende lo que ha sucedido con su proyecto. Y es que, es difícil de entender aplicando el sentido común y algo de racionalidad, pero es muy fácil si seguimos la trayectoria del enorme cáncer –especialidad del propio Eduardo- que afecta a las instituciones del estado, a todas aquellas tocadas por el virus de la clase improductiva.

Sobre esto, leía en La Clave la semana pasada, como, últimamente, las medallas que se dan a los policías, aquellas que conllevan aumento de sueldo, recaen en aquellos miembros de los distintos cuerpos que no salen del despacho, mientras que los que están en la calle jugándosela, sólo reciben premio cuando han sufrido heridas. Supongo que con el objetivo de tener contentos a los mandos que un momento determinado puede echar una mano al poder político. Un efecto más de este cáncer, que poco a poco llevará a los policías a actitudes acomodaticias, como pasa en la sanidad, o en la educación, o en otros ámbitos donde los políticos se meten a mangonear y no dejan que los profesionales hagan su trabajo adecuadamente.

Volviendo a Eduardo, descubro que recibió un reconocimiento del gobierno anterior; esto también habrá influido a la hora de tomar la decisión en el ministerio, ya que es una de las reglas no escritas que se siguen hoy en día: si fue bueno para los otros no puede ser bueno para nosotros.

En fin, ejemplos penosos del deterioro continuo que sufren todas las instituciones sobre las que se debe apoyar un estado. Decadencia que continuará hasta que los ciudadanos de este país decidamos pararla.

El ceremonial electoral

Nada ilustra mejor la escasa credibilidad de los partidos políticos que el tipo de discurso que practican no sólo pero especialmente en períodos preelectorales y electorales. En esencia, se compone de dos técnicas: la erística y la sofistica. La primera está destinada a desprestigiar a los demás partidos, la segunda a glorificar el propio. Da grima ver como figuras públicas con grandes responsabilidades sobre los hombros se convierten, durante los litigios electorales, en vulgares charlatanes de feria y demagogos de tres al cuarto. No puede sorprender que el resultado de todo ello sea una mezcla híbrida de baile de disfraces, de examen de fin de curso, de concurso de retorica, de juegos florales, de operación comercial y de función de circo.

(…)El ceremonial electoral es sólo un entreacto, aunque cada vez más largo; pero apenas concluido y una vez apagadas las luces del escenario, sus protagonistas dejan de representar sus papeles de gala para volver a fastidiar con nuevas leyes generalmente innecesarias o contraproductivas al mismo electorado al que en la víspera han estado adulando y mendigando su voto. Y todo para el propio bien de los gobernados, se sobreentiende. Porque en los “tiempos modernos” a que Charles Chaplin se refería en su famosa y genial película, gobernar significa promulgar el mayor número posible de leyes, ordenanzas y disposiciones, y ello con la mayor rapidez posible (…).

Lástima que, en medio de su fiebre innovadora, los gobernantes no encuentren la calma y el tiempo necesarios para concebir y promulgar leyes que, en vez de complicar, empobrecer y amargar cada vez más la vida personal y social de los ciudadanos, la simplifique, la enriquezca y la haga más llevadera de lo que en general es ahora. ¿Es mucho pedir?

Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 15-21 de Febrero de 2008. nº 357.

Telefónica y sus amigos

Vergüenza producen nuestros gobernantes cuando salen en defensa de Telefónica cuando la UE le pone una multa por prácticas monopolísticas.

Vergüenza y desprecio a esta gentuza que se vende por el dinero de vivir la vida padre, mientras el resto de ciudadanos de este país tenemos que sufrir las tarifas más altas de toda Europa.

Nunca me cansaré de decirlo: cuando comprenderemos que no tenemos porque sufrir esta lacra de indeseables.

Paranoia del poder

La impostura y las falsas apariencias son algunas de las características definitorias de nuestra clase política. Y el gobierno actual ha vuelto a demostrar que su pose progresista, acaba justo donde la libertad le molesta a su ansia de poder.

Me llega de Amnistía Internacional una noticia que he tenido que leer varias veces para poder creerla. El gobierno está prohibiendo un video perteneciente a una campaña de Amnistía, porque dice que es propaganda política. El video en cuestión pide, como no, que una serie de países cumplan los derechos humanos que ahora maltratan a diario.

La explicación a tal disparate no la sé, sólo alcanzo a imaginar que como los personajes que aparecen en el video, los hemos visto recientemente con el señor Zapatero, pensaran las lumbreras que nos gobiernan que están atacando a este señor.

Como digo siempre, de mal en peor y sin remedio posible. A estos personajes que se llaman servidores públicos, sólo les preocupa la pérdida del poder, y en su paranoia, van contra todo aquello que vean como una amenaza. Y no respetan nada.

Educación y ética

(…) Los modelos pedagógicos vigentes en España y demás países Occidentales no se basan naturalmente ni en las enseñanzas de Fourier ni en las de otros grandes educadores como Rousseau, Kant o Robert Owen, sino en el ideario burgués-capitalista. De ahí que lo que los alumnos y estudiantes aprenden este determinado en alto grado por lo que Max Horkheimer llamaba “razón instrumental” y Ernst Bloch “ideología del cálculo”. No puede sorprender por ello que el objetivo central de la educación hoy predominante no sea el de fomentar el desarrollo armónico del niño, adolescente o joven, sino el de someterlo a los intereses utilitaristas del sistema. Kant decía que el objetivo más importante de todo proceso educacional es la “formación del carácter”. Este elemento ético ha sido eliminado en gran parte o totalmente de los planes de estudio, lo que explica también la creciente reducción de los estudios de Humanidades y el sometimiento de la enseñanza a los intereses del gran capital. Lo que quieren son robots que al salir de los centros docentes sean capaces de ejecutar mecánicamente las funciones laborales exigidas por las necesidades de la economía. Lo demás les tiene sin cuidado, por ejemplo que el niño tenga que aprender cosas contrarias a sus inclinaciones subjetivas, a su edad temprana y a su instinto de juego, un factor que Rousseau consideraba como indispensable para toda pedagogía racional. Y el resultado final de este tipo de educación tecnocrática y desmotivadora está a la vista, no sólo en España: interrupción de los estudios, notas insuficientes, hostilidad a los maestros y profesores, frustración, resentimiento y estallidos de violencia abierta. Y ello no puede sorprender, o sorprender únicamente a los políticos, pedagogos y comentaristas mediáticos que meten la cabeza debajo del alón y no quieren admitir o no se dan cuenta de que los problemas a que se enfrenta la “paideia” actual no son más que la reproducción de las contradicciones y aporías existentes en la propia sociedad.

(…), Lo que hace casi 200 años escribió Robert Owen en su “A new view of society” es también válido para hoy: “Para que todo Estado sea bien gobernado, tiene que dirigir su principal atención a la formación del carácter, lo que significa que el Estado mejor gobernado será aquél que posea el mejor sistema de educación”.

Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 28-3 de Enero de 2008. nº 350.

Un alto en el camino

(…) pienso inevitablemente en los millones y millones de personas que en otros sitios, en otras ciudades, en otros países y en otros continentes tienen motivos para sentirse desgraciados. Porque también eso pertenece a los altos en el camino de que estoy hablando: abarcar con nuestra mente lo que existe y sucede lejos de nosotros. El promedio de la gente cree que el mundo empieza y termina con ellos; por eso viven encerrados en la caverna que Platón describe en su “Politeía” para mostrarnos lo que es el conocimiento angosto y destotalizado. Aunque haya sido constantemente manipulado por la filosofía y la política, el concepto de totalidad es imprescindible para tener acceso a una imagen completa de la realidad. Lo demás es solipsismo y reduccionismo, que es el modo de mirar y pensar propio de una sociedad que, como la nuestra, no reconoce otros valores que el individualismo posesivo, el consumismo, el hedonismo y otras variantes del soez materialismo reinante.

Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 21-27 de Diciembre de 2007. nº 349.

Unión, Progreso y Democracia

Desde que empecé a escribir estos comentarios, mi mayor preocupación ha sido el enfermo sistema democrático que tenemos en España. Nunca he apoyado a un partido político, porque los que hay son parte del sistema y de su mal, y no están por la labor de mejorarlo. Pero hoy voy a hacer una excepción, porque creo que a los ciudadanos de este país se nos presenta una oportunidad magnífica para mejorar nuestro sistema político.

Necesitamos un partido que haga de arbitro entre los dos mayoritarios, como aquella UCD de los primeros tiempos de la democracia, que sea capaz de pactar con cualquiera de los otros, o incluso con los dos para llevar a cabo reformas imprescindibles para nuestra democracia. Y considero que ese partido puede ser Unión, Progreso y Democracia.

Estamos viendo cada día, como la lucha por el poder de PSOE y PP les impide llegar a acuerdos básicos por el bien del país. Su pelea diaria y la obligada escenificación de sus diferencias –que luego no lo son tanto-, hacen que eviten, a costa de los intereses de los ciudadanos, cualquier gesto de coincidencia. Y esta situación cada día es más radical.

Los Españoles siempre hemos tenido los sistemas políticos como algo designado por gracia divina –o a través de algún emisario directo de Dios-, y por esto hemos sentido un enorme desapego por el poder y la política. Sólo cuando acabó la dictadura y comenzaba la democracia, la gente tenía la sensación de que era algo suyo, de que la historia podía cambiar al fin. Pero esa ilusión se ha perdido cuando hemos visto repetidamente como desde el poder se actúa al margen nuestro, sin tenernos en cuenta para nada salvo para avalar, cada cuatro años, la indiferencia de los cuatro siguientes.

Conseguir que la democracia sea más nuestra, que nos sintamos parte de las decisiones que se tomen desde el poder, mediante una mayor participación en ellas, significaría volver a recuperar esa ilusión.

Pues bien, estoy convencido de que si diéramos una mayoría suficiente para gobernar a UPyD, se podrían conseguir los acuerdos necesarios para realizar cambios estructurales en el sistema político. Acuerdos que, como en los comienzos de la democracia, estarían realmente avalados, por la mayoría de los españoles.

La mentira

Los sistemas democráticos se basan finalmente en la confianza de los gobernados en una persona, el presidente. Los tres poderes independientes y los distintos órganos de control, están pensados para asegurar que el resto de instituciones del estado cumplan las normas, pero si el presidente se salta esas normas, es prácticamente imposible evitarlo.

Por esta razón, las democracias anglosajonas no permiten la mentira de un presidente, y expulsan del cargo a quien lo hace. Aunque, por desgracia, como muestra de la degradación que este sistema de gobierno sufre en todo el mundo, hemos visto como, para justificar la guerra de Iraq, se montó una gran mentira cuyo descubrimiento no ha terminado con la dimisión del presidente.

Y no ha terminado con la expulsión de Bush de la Casa Blanca, entre otras razones, porque no admite que haya mentido. También en España, en los últimos treinta años, hemos visto engaños parecidos, pero, de igual manera, se negaba la mayor: no había mentira.

Ahora, nuestro presidente, torciéndole el brazo un poco más a nuestra inexperta democracia, quiere hacernos comulgar con una enorme rueda de molino: os he mentido, lo sé y lo admito, pero no pasa nada. No es que niegue la mentira, o nos diga que no dijo lo que dijo, es que quiere hacernos creer que es lícito que un presidente de gobierno mienta a los ciudadanos.

En una democracia no es admisible –o no debe serlo- que se mienta desde la presidencia del gobierno con descaro, con el mismo que se admite que se ha mentido.

Si aceptamos como algo normal que un presidente pueda mentir a las personas para quienes gobierna, estaremos rompiendo el vínculo más importante entre él y los ciudadanos, la confianza. Después, lo que queda, poco se parece a una democracia.

Tendencia destructiva

La clase política que ha creado nuestro sistema representativo –made in Spain-, se muestra cada vez más destructiva respecto a sus oponentes. Antaño, en los primeros tiempos de nuestra joven democracia, un político que llegaba al poder, hacía sus equipos de gobierno –lógico- e intentaba poner en práctica sus ideas. Pero eso se acabó.

Hoy, los primeros meses de una victoria política, sirven para desmantelar todo lo que había hecho el anterior partido político, desde el personal hasta las obras públicas. Y esta actitud nos cuesta muchísimo dinero a todos.

Ejemplos hay a montones, seguro que en cada región donde ha habido un cambio de gobierno podemos encontrarlos. Y el pudor ante el derroche del dinero público ya no existe. Es como si quisieran meternos el miedo en el cuerpo ante un cambio de gobierno, advirtiéndonos de que la renovación del aire de los despachos oficiales traerá consigo un replanteamiento costosísimo de todas las acciones de gobierno. Como si quisieran, al fin, maniatar el último resquicio decisorio que nos queda.

Además de atentar una vez más contra el sistema democrático, debilitándolo, produce en quien tiene la responsabilidad de planificar infraestructuras el efecto siniestro de realizar tareas que no lleven más de cuatro años, de no pensar en proyectos sólidos y serios, que ocupen dos o más legislaturas. El ejemplo más claro actualmente es el AVE: se está haciendo deprisa y mal para poderlo estrenar antes de que finalice la legislatura, y la consecuencia, por desgracia, va a ser que esas vías nos darán más de un disgusto, ya lo veremos.

Esta tendencia, cada vez más acusada, no parará sola, como en otras ocasiones he comentado somos nosotros quienes debemos pararla con un cambio en el sistema político. Y para ello, es imprescindible que dejemos fuera del poder a los que ahora son partidos mayoritarios, que rompamos esta alternancia que recuerda cada vez más la Restauración, pero con actores indudablemente más mediocres.

No podemos fijarnos en la alternancia de otros países democráticos –como nuestros políticos quieren habitualmente-, porque en ellos los representantes de los ciudadanos tiene mayor autonomía, y aunque pertenezcan a una siglas no votan a bloque como aquí. Los partidos políticos en España son cuasi sectas donde todos tienen la misma visión del mundo -y si no la tienen, se la callan por el parné o se les echa-, donde no se admite la opinión contraria a la del “líder”.

Si las cosas no cambian, y los políticos continúan con esta dinámica de borrar las huellas de los anteriores gobiernos, no pasará mucho tiempo antes de que alguien proponga las legislaturas más largas para poder terminar sus proyectos. Si proponen algo será para arruinar más el sistema actual, eso lo han demostrado reiteradamente.

Envidia

Siempre se nos ha achacado a los españoles el pecado de la envidia, pero después de enterarme de que la popularidad de Sarkozy ha bajado desde que se pasea con Carla Bruni, ya me dirán si no es la envidia un mal universal –o al menos europeo-.

Pues bien, este análisis sesudo de una encuesta es el que se ha hecho esta mañana en RNE 1. Yo, un poco escéptico, he indagado un poco más, y por lo que se ve, la popularidad de este señor ha aumentado desde que tiene novia conocida, pero ha bajado si se le pregunta a los franceses por las decisiones políticas que ha tomado últimamente.

Es decir, que al simple de Radio Nacional no se le puede achacar ni tendenciosidad –si lo que quería era criticar a Sarkozy, mejor por su política-, sino de hacer una gracia cutre y fácil. Y es que, últimamente la desinformación va por ahí: no se trata de manipular la realidad, sino de decir chorradas.

Yo por mi parte, y volviendo al enamorado, prefiero ver al presidente de un país pasearse normalmente como cualquiera de nosotros –o casi-. Aunque me entere de que le gusta Eurodisney.

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