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Un alto en el camino

(…) pienso inevitablemente en los millones y millones de personas que en otros sitios, en otras ciudades, en otros países y en otros continentes tienen motivos para sentirse desgraciados. Porque también eso pertenece a los altos en el camino de que estoy hablando: abarcar con nuestra mente lo que existe y sucede lejos de nosotros. El promedio de la gente cree que el mundo empieza y termina con ellos; por eso viven encerrados en la caverna que Platón describe en su “Politeía” para mostrarnos lo que es el conocimiento angosto y destotalizado. Aunque haya sido constantemente manipulado por la filosofía y la política, el concepto de totalidad es imprescindible para tener acceso a una imagen completa de la realidad. Lo demás es solipsismo y reduccionismo, que es el modo de mirar y pensar propio de una sociedad que, como la nuestra, no reconoce otros valores que el individualismo posesivo, el consumismo, el hedonismo y otras variantes del soez materialismo reinante.

Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 21-27 de Diciembre de 2007. nº 349.

Unión, Progreso y Democracia

Desde que empecé a escribir estos comentarios, mi mayor preocupación ha sido el enfermo sistema democrático que tenemos en España. Nunca he apoyado a un partido político, porque los que hay son parte del sistema y de su mal, y no están por la labor de mejorarlo. Pero hoy voy a hacer una excepción, porque creo que a los ciudadanos de este país se nos presenta una oportunidad magnífica para mejorar nuestro sistema político.

Necesitamos un partido que haga de arbitro entre los dos mayoritarios, como aquella UCD de los primeros tiempos de la democracia, que sea capaz de pactar con cualquiera de los otros, o incluso con los dos para llevar a cabo reformas imprescindibles para nuestra democracia. Y considero que ese partido puede ser Unión, Progreso y Democracia.

Estamos viendo cada día, como la lucha por el poder de PSOE y PP les impide llegar a acuerdos básicos por el bien del país. Su pelea diaria y la obligada escenificación de sus diferencias –que luego no lo son tanto-, hacen que eviten, a costa de los intereses de los ciudadanos, cualquier gesto de coincidencia. Y esta situación cada día es más radical.

Los Españoles siempre hemos tenido los sistemas políticos como algo designado por gracia divina –o a través de algún emisario directo de Dios-, y por esto hemos sentido un enorme desapego por el poder y la política. Sólo cuando acabó la dictadura y comenzaba la democracia, la gente tenía la sensación de que era algo suyo, de que la historia podía cambiar al fin. Pero esa ilusión se ha perdido cuando hemos visto repetidamente como desde el poder se actúa al margen nuestro, sin tenernos en cuenta para nada salvo para avalar, cada cuatro años, la indiferencia de los cuatro siguientes.

Conseguir que la democracia sea más nuestra, que nos sintamos parte de las decisiones que se tomen desde el poder, mediante una mayor participación en ellas, significaría volver a recuperar esa ilusión.

Pues bien, estoy convencido de que si diéramos una mayoría suficiente para gobernar a UPyD, se podrían conseguir los acuerdos necesarios para realizar cambios estructurales en el sistema político. Acuerdos que, como en los comienzos de la democracia, estarían realmente avalados, por la mayoría de los españoles.

La mentira

Los sistemas democráticos se basan finalmente en la confianza de los gobernados en una persona, el presidente. Los tres poderes independientes y los distintos órganos de control, están pensados para asegurar que el resto de instituciones del estado cumplan las normas, pero si el presidente se salta esas normas, es prácticamente imposible evitarlo.

Por esta razón, las democracias anglosajonas no permiten la mentira de un presidente, y expulsan del cargo a quien lo hace. Aunque, por desgracia, como muestra de la degradación que este sistema de gobierno sufre en todo el mundo, hemos visto como, para justificar la guerra de Iraq, se montó una gran mentira cuyo descubrimiento no ha terminado con la dimisión del presidente.

Y no ha terminado con la expulsión de Bush de la Casa Blanca, entre otras razones, porque no admite que haya mentido. También en España, en los últimos treinta años, hemos visto engaños parecidos, pero, de igual manera, se negaba la mayor: no había mentira.

Ahora, nuestro presidente, torciéndole el brazo un poco más a nuestra inexperta democracia, quiere hacernos comulgar con una enorme rueda de molino: os he mentido, lo sé y lo admito, pero no pasa nada. No es que niegue la mentira, o nos diga que no dijo lo que dijo, es que quiere hacernos creer que es lícito que un presidente de gobierno mienta a los ciudadanos.

En una democracia no es admisible –o no debe serlo- que se mienta desde la presidencia del gobierno con descaro, con el mismo que se admite que se ha mentido.

Si aceptamos como algo normal que un presidente pueda mentir a las personas para quienes gobierna, estaremos rompiendo el vínculo más importante entre él y los ciudadanos, la confianza. Después, lo que queda, poco se parece a una democracia.

Tendencia destructiva

La clase política que ha creado nuestro sistema representativo –made in Spain-, se muestra cada vez más destructiva respecto a sus oponentes. Antaño, en los primeros tiempos de nuestra joven democracia, un político que llegaba al poder, hacía sus equipos de gobierno –lógico- e intentaba poner en práctica sus ideas. Pero eso se acabó.

Hoy, los primeros meses de una victoria política, sirven para desmantelar todo lo que había hecho el anterior partido político, desde el personal hasta las obras públicas. Y esta actitud nos cuesta muchísimo dinero a todos.

Ejemplos hay a montones, seguro que en cada región donde ha habido un cambio de gobierno podemos encontrarlos. Y el pudor ante el derroche del dinero público ya no existe. Es como si quisieran meternos el miedo en el cuerpo ante un cambio de gobierno, advirtiéndonos de que la renovación del aire de los despachos oficiales traerá consigo un replanteamiento costosísimo de todas las acciones de gobierno. Como si quisieran, al fin, maniatar el último resquicio decisorio que nos queda.

Además de atentar una vez más contra el sistema democrático, debilitándolo, produce en quien tiene la responsabilidad de planificar infraestructuras el efecto siniestro de realizar tareas que no lleven más de cuatro años, de no pensar en proyectos sólidos y serios, que ocupen dos o más legislaturas. El ejemplo más claro actualmente es el AVE: se está haciendo deprisa y mal para poderlo estrenar antes de que finalice la legislatura, y la consecuencia, por desgracia, va a ser que esas vías nos darán más de un disgusto, ya lo veremos.

Esta tendencia, cada vez más acusada, no parará sola, como en otras ocasiones he comentado somos nosotros quienes debemos pararla con un cambio en el sistema político. Y para ello, es imprescindible que dejemos fuera del poder a los que ahora son partidos mayoritarios, que rompamos esta alternancia que recuerda cada vez más la Restauración, pero con actores indudablemente más mediocres.

No podemos fijarnos en la alternancia de otros países democráticos –como nuestros políticos quieren habitualmente-, porque en ellos los representantes de los ciudadanos tiene mayor autonomía, y aunque pertenezcan a una siglas no votan a bloque como aquí. Los partidos políticos en España son cuasi sectas donde todos tienen la misma visión del mundo -y si no la tienen, se la callan por el parné o se les echa-, donde no se admite la opinión contraria a la del “líder”.

Si las cosas no cambian, y los políticos continúan con esta dinámica de borrar las huellas de los anteriores gobiernos, no pasará mucho tiempo antes de que alguien proponga las legislaturas más largas para poder terminar sus proyectos. Si proponen algo será para arruinar más el sistema actual, eso lo han demostrado reiteradamente.

Envidia

Siempre se nos ha achacado a los españoles el pecado de la envidia, pero después de enterarme de que la popularidad de Sarkozy ha bajado desde que se pasea con Carla Bruni, ya me dirán si no es la envidia un mal universal –o al menos europeo-.

Pues bien, este análisis sesudo de una encuesta es el que se ha hecho esta mañana en RNE 1. Yo, un poco escéptico, he indagado un poco más, y por lo que se ve, la popularidad de este señor ha aumentado desde que tiene novia conocida, pero ha bajado si se le pregunta a los franceses por las decisiones políticas que ha tomado últimamente.

Es decir, que al simple de Radio Nacional no se le puede achacar ni tendenciosidad –si lo que quería era criticar a Sarkozy, mejor por su política-, sino de hacer una gracia cutre y fácil. Y es que, últimamente la desinformación va por ahí: no se trata de manipular la realidad, sino de decir chorradas.

Yo por mi parte, y volviendo al enamorado, prefiero ver al presidente de un país pasearse normalmente como cualquiera de nosotros –o casi-. Aunque me entere de que le gusta Eurodisney.

2008

Otro año más viendo el mundo que me rodea desde este rincón. Otro año intentando comprender por qué nos complicamos tanto la vida, y sobre todo, por qué todos los avances de nuestras sociedades, esos que deberían ayudarnos a vivir mejor, son nuestras cruces cotidianas, desde el móvil hasta nuestra organización política.

En fin, simplemente agradeceros vuestra compañía, y desearos que este 2008 sea el mejor año de vuestra historia.

No es promesa electoral

Mira por donde el PP tiene la posibilidad de hacer algo que quiere la inmensa mayoría de los ciudadanos de este país y, además, no sería la típica promesa electoral, sino algo concreto y claro.

Hablo de la LISI, la ley que incluye el canon a todo lo que se mueve para que mantenga el nivel de vida la gente de la SGAE. En el senado, el PP votó a favor de que se elimine el canon. No sabemos realmente si por error o no. Rajoy ahora dice que le parece bien que se elimine.

Bien, ahora tiene una oportunidad de oro: votar la semana que viene en el Congreso a favor de que se elimine el canon. Si fuera así, muchos ciudadanos estaríamos agradecidos, primero, de que alguna vez nos escuchen desde el poder, y segundo, de que alguien le diga no a la SGAE.

Regalar

Confieso que las fiestas de Navidad me entristecen más que me alegran. O mejor dicho: las semanas y días que anteceden a ellas, cuando veo a la gente invadir los comercios a la búsqueda febril de los regalos apetecidos. No es mi intención aguar la fiesta a nadie ni mucho menos espero que quien por azar me leyera comparta mi estado de ánimo o punto de vista, que es sin duda muy personal y subjetivo, y ya, por ello, con escasas posibilidades de convencer a mucha gente. Y mucho menos pretendo con estas reflexiones críticas dar lecciones de moral a nadie, una actitud que la conciencia de mis propios defectos, debilidades y contradicciones sin fin me prohíbe de antemano.

(…)Con la mejor intención y voluntad, la gente está cayendo en la trampa de creer que la máxima expresión del amor a los seres queridos es la de regalarles el mayor número posible de artículos y objetos materiales y, encima, cuanto más caros, mejor. Yo pienso, al contrario, que los regalos más valiosos son de carácter inmaterial y no pueden encontrarse en ninguna tienda, sino únicamente en nuestro Corazón.

Extraído del artículo de Heleno Saña en La Clave 7-13 de Diciembre de 2007. nº 347.

Humo gris

Asistimos estos días a uno de tantos debates artificiales de nuestro sistema político, sobre si se ha de retirar la resolución que autorizaba el diálogo con los terroristas para conseguir la paz. Los medios entran al trapo, porque ¿qué van a hacer? Los políticos se escupen –dialécticamente, claro- porque unos dicen que se retire y otros que no.

Triste, muy triste. Se trata de armar jaleo para escenificar lo diferentes que son unos de otros, para que los ciudadanos nos posicionemos en un bando o en otro, que a ese trapo si que entramos ciegos los españoles. Yo de estos, tú de los otros, y a discutir por discutir.

A ver, ¿alguien se cree que el señor Zapatero, con resolución o sin ella en el parlamento, tendría algún pudor en volver a negociar con ETA si lo cree conveniente? Más aún, ¿aseguraría nadie que si gana Rajoy, con la ínclita resolución retirada, no hablaría con los terroristas si se le presenta la ocasión?

Por cierto, veo por mi párrafo anterior, y por el nefasto sistema electoral que padecemos, que hablo de si gana Rajoy o Zapatero, cuando en España votamos listas no personas. Pero, como he dicho otras veces, en la confusión es donde nuestros próceres están a gusto.

Pues bien, como comentaba, son debates artificiales, nubes de humo grisáceo que tapan la realidad, que casi nunca conocemos porque ni la clase política –en vísperas de elecciones, y más que nunca, improductiva-, ni los medios, tienen ningún interés en mostrarnos. No sea que nos cabreemos de verdad.

No pueden arreglar lo que estropearon

La clase política de este país, a quienes encargamos la tarea de arreglar nuestros problemas, no está por la labor de solucionar el caos de la vivienda. Ahora tocan los caramelos electorales, pero cambiar las causas que provocaron la situación actual, es pedirles demasiado.

Desde La Plataforma Por Una Vivienda Digna, nos cuentan que estuvieron reunidos con el área económica del PSOE, que escucharon atentamente sus propuestas, para más tarde tirarlas a la basura. Y además, ver para creer, que han aprobado la nueva Ley Hipotecaria con el apoyo del PP y por trámite de urgencia. Curiosamente, a ninguno de los dos partidos les ha interesado que se sepa que coinciden en ciertos temas.

El problema fundamental es que la ley no trata de resolver el problema de la vivienda, sino de quedar bien con los ciudadanos sin molestar demasiado a los bancos. Y este es el intríngulis de la cuestión.

Nuestros partidos políticos deben a los bancos más de 60 millones de euros, deuda que no tienen intención de pagar y que aumenta cada año. Y se preguntarán ustedes, “¿y los bancos no les exigen el pago, como a mí?”. Pues no, y mientras los bancos no pidan el dinero que les deben los partidos políticos, estos nunca harán nada que les moleste. Evidentemente, en medio estamos nosotros, los que realmente pagamos, de forma indirecta, esa deuda.

No me cansaré de decirlo: esta situación sólo cambiará si nosotros lo queremos. No tenemos muchas herramientas para conseguirlo, aparte de protestar, pero algo podemos hacer en las próximas elecciones, no votar al PSOE ni al PP. Imaginan que sucedería ante una grave pérdida de escaños de estos dos partidos, cuando los bancos se dieran cuenta de que la asignación económica que les iba a tocar se reduciría considerablemente, y que tampoco tendrían el poder para pagarles en “especie”.

Lo que daría por presenciar algo así.

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